Wednesday, May 9, 2007

 

 

 

 

Gabriel García Márquez

 

C Cr ró ón ni ic ca a d de e u un na a m mu ue er rt te e a an nu un nc ci ia ad da a

 

Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1928) es la figura

 

más representativa de lo que se ha ve nido a llamar e l «realismo

 

mágico» hispanoame ricano. Pe riodista, cue ntista y novelista,

 

alcanzó la fama tras la publicación en 1967 de Cien años de soledad

 

(novela ya publicada por El Mundo e n la colección Millenium I),

 

donde recrea la geografía imaginaria de Macondo, un lugar aislado

 

del mundo en el que realidad y mito se confunden. Otras obras memorables son:

 

El coronel no t iene quien le escriba, El otoño del patriarca, Crónica de una muerte

 

anunciada, El amor en los t iempos del cólera y varias colecciones de cuentos

 

magistrales. En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura.

 

Crónica de una muerte anunciada, novela corta publicada en 1981, es una

 

de Las obras más conocidas y apreciadas de García Márquez. Relata en forma de

 

reconstrucción casi periodística el asesinato de Santiago Nasar a manos de los

 

gemelos Vicario. De sde el comienzo de la narración se anuncia que Santiago

 

Nasar va a morir: es el joven hijo de un árabe emigrado y parece ser el causante

 

de la deshonra de Ángela, hermana de los gemelos, que ha contraído matrimonio

 

el día anterior y ha sido rechazada por su marido. «Nunca hubo una mue rte tan

 

anunciada», declara quien rememora los he chos veintisiete años después: los

 

vengadores, en efecto, no se cansan de proclamar sus propósitos por todo e l

 

pueblo, como si quisie ran evitar el mandato de l destino, pero un cúmulo de casualidades hace que quienes

 

pueden evitar el crimen no logren intervenir o se decidan demasiado tarde. El propio Santiago Nasar se levanta

 

esa mañana despreocupado, ajeno por completo a la muerte que le aguarda.

 

La fatalidad domina todo el relato: el crimen es tan público que se hace inevitable. García Márquez se esfuerza

 

en demostrar que la vida, e n ocasiones, se sirve de tantas casualidade s que hacen imposible convertirla en

 

literatura. Su prosa e scueta, precisa y pe gada al te rreno logra e nvolver de credibilidad lo e xageradamente

 

increíble, inventando una tensión narrativa donde ya no hay argumento, volviendo del revés el tiempo para que

 

revele sus verdades, dejando una duda en el aire que acabará por destruir a los protagonistas de este drama,

 

que fue adaptado a la gran pantalla e n 1987, dirigido por France so Ros¡ e interpretado por Rupe rt Everett,

 

Ornella Muti y Gian Maria Volonté.

 

 

 

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Prólogo

 

S Sa an nt ti ia ag go o G Ga am mb bo oa a

 

Hace un par de años, en su casa de Bogotá, al frente del Parque de la 88, le pregunté a García Márquez si nunca había sentido la tentación de escribir una novela negra. «Ya la escribí -me dijo-, es Crónica de una muerte anunciada .» Afuera, sobre el césped verde, amos y perros daban el paseo del mediodía bajo un sol radiante, raro en Bogotá para el mes de febrero. «Lo que sucede es que yo no quise que el lector empezara por el final para ver si se cometía el crimen o no -continuó diciendo-, así que decidí ponerlo en la frase inicial del libro.» Era la primera vez que veía a García Márquez. Yo había aprendido a amar la literatura por haber leído, entre otras cosas,

 

sus novelas. Estaba muy emocionado escuchándolo. «De este modo agregó- la gente descansa de la intriga y puede dedicarse a leer con calma qué fine lo que pasó. » Dicho esto enumeró una larga serie de histor ias de género negro en la literatura y concluyó que su preferida era Edipo Rey, de Sófocles: «Porque al final uno descubre que el detective y el asesino son la misma persona». A García Márquez le gusta hablar de literatura. Quedan pocos escritores a los que les guste hablar de literatura.

 

Pero Crónica de una muerte anunciada es, sobre todo, una exacta y eficaz pieza de relojería. Los hechos que rodean la muerte de Santiago Nasar, en la madrugada siguiente al fallido matrimonio de Bayardo San Román con Ángela Vicario, van siendo

 

reconstruidos uno a uno por el narrador, agregando cada vez, con los testimonios de los protagonistas, la información necesaria para que el muro se levante en equilibrio, la curiosidad del lector quede azuzada y se forme una ambiciosa historia coral, nutrida de múltiples voces. Las voces de todos aquellos que, años después, recuerdan, confiesan u ocultan algún detalle nuevo del crimen, algún matiz que

 

completa la tragedia. Porque al fin y al cabo Crónica de una muerte anunciada es también una tragedia moderna. Los personajes son empujados a la acción por fuerzas que no controlan. Los hermanos Vicario, los asesinos, se ven obligados a cumplir un destino, que es el de lavar la honra de su hermana, matando a Santiago

 

Nasar. Pero ninguno de los dos quiere hacerlo, y, como dice el narrador, «hicieron mucho más de lo que era imaginable para que alguien les impidiera matarlo, y no lo consiguieron». El coronel Aponte, el alcalde, alertado por las voces, los desarma; pero es inútil, pues es demasiado temprano y los hermanos tienen tiempo de reponer con desgano los cuchillos. Clotilde Armenta, la propietaria de la tienda donde los Vicario

 

esperan el amanecer, llega incluso a sentir lástima por ellos y le suplica al alcalde que los detenga, «para librar a esos pobres muchachos del horrible compromiso que les ha caído encima». Algo más fuerte que la voluntad de los hombres mueve los hilos. Los vecinos de la familia Nasar, y en realidad todo el pueblo, saben que Santiago va a ser asesinado e intentan avisarle, pero ninguna de las estafetas llega a su destino.

 

Deslizan por debajo de la puerta una nota que nadie ve. Se envían razones con pordioseros que llegan tarde, y muchos, al ver que es una muerte tan anunciada, no

 

 

 

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 hacen nada simplemente porque no les parece posible que el propio Nasar o su madre no lo sepan ya y no hayan previsto algo para evitarlo. La madre del narrador es una de las que sí cree que debe hacer algo , y entonces se viste para salir a alertar a la mamá de Santiago Nasar; pero antes tiene esta extraordinaria conversación con su marido, quien le pregunta adónde va:

 

A prevenir a mi comadre Plácida -contestó ella-. No es justo que todo el mundo sepa que le van a matar el hijo, y que ella sea la única que no lo sabe.

 

-Tenemos tantos vínculos con ella como con los Vicario -dijo mi padre.

 

-Hay que estar siempre del lado del muerto -dijo ella.

 

Pero cuando sale a la calle le dicen que ya lo mataron. Y así, todos los que quieren prevenir la muerte son cuidadosamente apartados: sus mensajes no llegan. En realidad, el único en todo el pueblo que no sabe del crimen es la propia víctima, perdido entre otras cosas por el cambio en los hábitos diarios que supone, muy de mañana, la visita de un obispo que ni si quiera puso el pie en el puerto y que los bendijo desde el barco, alejándose entre resoplidos de vapor. Si en esas lejanías del Trópico se castigara como delito la «no asistencia apersona en peligro», habría que meter a la cárcel a todo el pueblo, incluidos el cura y el alcalde. Crónica de una muerte anunciada es, por lo demás, una joya rara en la obra de García Márquez, pues es él mismo quien relata la historia en primera persona. El «yo» inquietante que desde el principio reconstruye los hechos se va reconociendo en el autor hasta

 

descubrirse del todo, pues dice: «Muchos sabían que en la inconsciencia de la parranda le propuse a Mercedes Barcha que se casara conmigo, cuando apenas había terminado la escuela primaria, tal como ella misma me lo recordó cuando nos casamos catorce años después». Mercedes Barcha es la «Gaba», así le dicen sus más

 

íntimos amigos. De este modo el título del libro se acaba de llenar de sentido: no sólo

 

es una muerte anunciada, sino que además se trata de una crónica, en el mejor estilo periodístico. García Márquez, el cronista, cita las fuentes de cada información precisando el origen, sin que nada quede al azar de la imaginación. Y es aquí en donde el libro adquiere su máxima precisión de relojería suiza. Las fronteras de la

 

crónica periodística y de la literatura se disuelven y ningún dato queda suelto, nada de lo narrado aparece sin una previa justificación. La costa atlántica colombiana, por los años en que se publicó esta novela, era aún vista desde la capital del país como algo remoto, y en esa mirada había ínfu las de superioridad y de arrogancia justificadas sólo por el hecho de que en Bogotá estaban los edificios grecorromanos del Capitolio y el Palacio Presidencial. Esa costa, y lo costeño -llamado despectivamente «corroncho» por los del interior-, con su mezcla de tradiciones caribes,

 

hispanas, negras y árabes, era acusada de ser la madre de todos los vicios, la república de la pereza, de la corrupción, del nepotismo, del machismo y del trago, de la irresponsabilidad, en fin, de todo lo negativo, mientras que Bogotá, con su rancia aristocracia, se consideraba a sí misma la Atenas de América, la cuna de la cultura y la elegancia, el Londres de los Andes. Pero hoy al cabo de dos décadas, la cultura de esa proscrita costa atlántica, en la que se inscribe este libro y casi toda la obra de García Márquez, es una de las pocas cosas que a los colombianos nos permite paliar las vergüenzas que ocasionan, en la acartonada capital, esos dos presuntuosos edificios grecorromanos. No recuerdo cuándo leí por primera vez esta Crónica de una

 

 

 

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 muerte anunciada, pero sé que fue en Bogotá, hace ya más de quince años, recuerdo, eso sí, el extraño y sobrecogedor efecto que me llevó a desear, en cada página, que alguien detuviera a los hermanos Vicario, que se evitara esa muerte absurda que los condenaba a todos. Pero la muerte ya estaba anunciada; y aún hoy, al releerlo, vuelvo a sentir que es posible, en medio de la tragedia, que los cuchillos no alcancen a Santiago, que alguno de los mensajeros llegue a tiempo y él escape, que la puerta de su casa se abra. Y no sucede. Santiago Nasar vuelve a morir. Me pregunto si los

 

lectores de este libro, dentro de doscientos o trescientos años, desearán lo mismo al

 

leer sus páginas. Quizás sí. Lo que es seguro es que Santiago Nasar y su muerte anunciada serán en ese entonces una de las pocas cosas de nuestra época que aún estarán vivas.

 

 

 

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La caza del amor

 

es altanería

 

VICENTE GIL

 

 

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para

 

esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de

 

higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al

 

despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros. «Siempre soñaba con

 

árboles», me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años

 

 después los pormenores

 

de aquel lunes ingrato. «La semana anterior había soñado que ib

 

a solo en un avión de

 

papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los almendros»,

 

me dijo. Tenía una

 

reputación muy bien ganada de interprete certera de los sueños ajenos, siempre que se

 

los contaran en ayunas, pero no había advertido ningún augurio aciago en esos dos

 

sueños de su hijo, ni en los otros sueños con árboles que él le había contado en las

 

mañanas que precedieron a su muerte.

 

Tampoco Santiago Nasar reconoció el presagio. Había dormido poco y

 

 mal, sin

 

quitarse la ropa, y despertó con dolor de cabeza y con un sedimento d

 

e estribo de cobre

 

en el paladar, y los interpretó como estragos naturales de la parrand

 

a de bodas que se

 

había prolongado hasta después de la media noche. Más aún: las muchas personas que

 

encontró desde que salió de su casa a las 6.05 hasta que fue destazado como un cerdo

 

una hora después, lo recordaban un poco soñoliento pero de buen humor, y a todos les

 

comentó de un modo casual que era un día muy hermoso. Nadie estaba

 

 seguro de si se

 

refería al estado del tiempo. Muchos coincidían en el recuerdo de que era una mañana

 

radiante con una brisa de mar que llegaba a través de los platanales,

 

 como era de

 

pensar que lo fuera en un buen febrero de aquella época. Pero la mayoría estaba de

 

acuerdo en que era un tiempo fúnebre, con un cielo turbio y bajo y un

 

 denso olor de

 

aguas dormidas, y que en el instante de la desgracia estaba cayendo una llovizna

 

menuda como la que había visto Santiago Nasar en el bosque del sueño. Yo estaba

 

reponiéndome de la parranda de la boda en el regazo apostólico de

 

María Alejandrina

 

Cervantes, y apenas si desperté con el alboroto de las campanas tocando a rebato,

 

porque pensé que las habían soltado en honor del obispo.

 

Santiago Nasar se puso un pantalón y una camisa de lino blanco, ambas piezas sin

 

almidón, iguales a las que se había puesto el día anterior para la boda. Era un atuendo

 

de ocasión. De no haber sido por la llegada del obispo se habría p

 

uesto el vestido de

 

caqui y las botas de montar con que se iba los lunes a El Divino Rostro, la hacienda de

 

ganado que heredó de su padre, y que él administraba con muy buen

 

 juicio aunque sin

 

mucha fortuna. En el monte llevaba al cinto una 357 Magnum, cuyas balas blindadas,

 

según él decía, podían partir un caballo por la cintura. En época de perdices llevaba

 

también sus aperos de cetrería. En el armario tenía además un rifle 30.06

 

Mannlicher-Schönauer, un rifle 300 Holland Magnum, un 22 Hornet con mira telescópica

 

de dos poderes, y una Winchester de repetición. Siempre dormía como durmió su pad

 

re,

 

con el arma escondida dentro de la funda de la almohada, pero antes de abandonar la

 

casa aquel día le sacó los proyectiles y la puso en la gaveta de la mesa de noche.

 

«Nunca la dejaba cargada», me dijo su madre. Yo lo sabía, y sabía además que

 

guardaba las armas en un lugar y -escondía la munición en otro lug

 

ar muy apartado, de

 

modo que nadie cediera ni por casualidad a la tentación de cargarlas dentro de la casa.

 

Era una costumbre sabia impuesta por su padre desde una mañana en que una sirvienta

 

sacudió la almohada para quitarle la funda, y la pistola se disparó

 

 al chocar contra el

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

suelo, y la bala desbarató el armario del cuarto, atravesó la pared de la sala, * pasó con

 

un estruendo de guerra por el comedor de la casa vecina y convirtió e

 

n polvo de yeso a

 

un santo de tamaño natural en el altar mayor de la iglesia, al otro extremo de la plaza.

 

Santiago Nasar, que entonces era muy niño, no olvidó nunca la lección de aquel

 

percance.

 

La última imagen que su madre tenía de él era la de su paso fugaz por el dormitorio.

 

La había despertado cuando trataba de encontrar a tientas una aspirin

 

a en el botiquín

 

del baño, y ella encendió la luz y lo vio aparecer en la puerta co

 

n el vaso de agua en la

 

mano, como había de recordarlo para siempre. Santiago Nasar le contó entonces el

 

sueño, pero ella no les puso atención a los árboles.

 

-Todos los sueños con pájaros son de buena salud -dijo.

 

Lo vio desde la misma hamaca y en la misma posición en que la encontré postrada

 

por las últimas luces de la vejez, cuando volví a este pueblo olvidado

 

 tratando de

 

recomponer con tantas astillas dispersas el espejo roto de la memoria. Apenas si

 

distinguía las formas a plena luz, y tenía hojas medicinales en la

 

s sienes para el dolor de

 

cabeza eterno que le dejó su hijo la última vez que pasó por el

 

 dormitorio. Estaba de

 

costado, agarrada a las pitas del cabezal de la hamaca para tratar de in

 

corporarse, y

 

había en la penumbra el olor de bautisterio que me había sorprendido la mañana del

 

crimen.

 

Apenas aparecí en el vano. de la puerta me confundió con el recuerdo de S

 

antiago

 

Nasar. «Ahí estaba», me dijo. «Tenía el vestido de lino blanco l

 

avado con agua sola,

 

porque era de piel tan delicada que no soportaba el ruido del almidón

 

.» Estuvo un largo

 

rato sentada en la hamaca, masticando pepas de cardamina, hasta que se le pasó la

 

ilusión de que el hijo había vuelto. Entonces suspiró: «Fue

 

el hombre de mi vida».

 

Yo lo vi en su memoria. Había cumplido 21 años la última semana

 

 de enero, y era

 

esbelto y pálido, y tenía los párpados árabes y los cabellos

 

 rizados de su padre. Era el

 

hijo único de un matrimonio de conveniencia que no tuvo un solo instante de felicidad,

 

 

 

pero él parecía feliz con su padre hasta que éste murió de r

 

epente, tres años antes, y

 

siguió pareciéndolo con la madre solitaria hasta el lunes de su mu

 

erte. De ella heredó el

 

instinto. De su padre aprendió desde muy niño el dominio de las armas de fuego, el

 

amor por los caballos y la maestranza de las aves de presas altas, pero de él apre

 

ndió

 

también las buenas artes del valor y la prudencia. Hablaban en ára

 

be entre ellos, pero

 

no delante de Plácida Linero para que no se sintiera excluida. Nunca

 

se les vio armados

 

en el pueblo, y la única vez que trajeron sus halcones amaestrados fue para hacer u

 

na

 

demostración de altanería en un bazar de caridad. La muerte de su

 

padre lo había

 

forzado a abandonar los estudios al término de la escuela secundaria, para hacerse

 

cargo de la hacienda familiar. Por sus méritos propios, Santiago Nasar era alegre y

 

pacífico, y de corazón fácil.

 

El día en que lo iban a matar, su madre creyó que él se habí

 

a equivocado de fecha

 

cuando lo vio vestido de blanco. «Le recordé que era lunes», me

 

 dijo. Pero él le explicó

 

que se había vestido de pontifical por si tenía ocasión de besarle el anillo al obispo.

 

 Ella

 

no dio ninguna muestra de interés.

 

-Ni siquiera se bajará del buque -le dijo-. Echará una bendición de compromiso, como

 

siempre, y se irá por donde vino. Odia a este pueblo.

 

Santiago Nasar sabía que era cierto, pero los fastos de la iglesia le

 

 causaban una

 

fascinación irresistible. «Es como el cinc», me había dicho

 

alguna vez. A su madre, en

 

cambio, lo único que le interesaba de la llegada del obispo era que el hijo no se fuera a

 

mojar en la lluvia, pues lo había oído estornudar mientras dormía. Le aconsejó que

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

llevara un paraguas, pero él le hizo un signo de adiós con la mano y salió del cuarto. Fu

 

e

 

la última vez que lo vio.

 

Victoria Guzmán, la cocinera, estaba segura de que no había llovido aquel día, ni en

 

todo el mes de febrero. «Al contrario», me dijo cuando vine a verla, poco antes de su

 

muerte. «El sol calentó más temprano que en agosto.» Estaba descuartizando tres

 

conejos para el almuerzo, rodeada de perros acezantes, cuando Santiago N

 

asar entró en

 

la cocina. «Siempre se levantaba con cara de mala noche», recordab

 

a sin amor Victoria

 

Guzmán. Divina Flor, su hija, que apenas empezaba a florecer, le sirv

 

ió a Santiago Nasar

 

un tazón de café cerrero con un chorro de alcohol de caña, como todos los lunes, para

 

ayudarlo a sobrellevar la carga de la noche anterior. La cocina enorme,

 

con el cuchicheo

 

de la lumbre y las gallinas dormidas en las perchas, tenía una respir

 

ación sigilosa.

 

Santiago Nasar masticó otra aspirina y se sentó a beber a sorbos lentos el tazón de café,

 

pensando despacio, sin apartar la vista de las dos mujeres que destripaban los co

 

nejos

 

en la hornilla. A pesar de la edad, Victoria Guzmán se conservaba entera. La niña,

 

todavía un poco montaraz, parecía sofocada por el ímpetu de sus glándulas. Santiago

 

Nasar la agarró por la muñeca cuando ella iba a recibirle el tazó

 

n vacío.

 

-Ya estás en tiempo de desbravar -le dijo.

 

Victoria Guzmán le mostró el cuchillo ensangrentado.

 

-Suéltala, blanco -le ordenó en serio-. De esa agua no beberás

 

mientras yo esté viva.

 

Había sido seducida por Ibrahim Nasar en la plenitud de la adolescencia. La había

 

amado en secreto varios años en los establos de la hacienda, y la llevó a servir en su

 

casa cuando se le acabó el afecto. Divina Flor, que era hija de un marido más reciente,

 

se sabía destinada a la cama furtiva de Santiago Nasar, y esa idea le

 

 causaba una

 

ansiedad prematura. «No ha vuelto a nacer otro hombre como ése»

 

, me dijo, gorda y

 

mustia, y rodeada por los hijos de otros amores. «Era idéntico a su padre -le replicó

 

Victoria Guzmán-. Un mierda.» Pero no pudo eludir una rápida ráfaga de espanto al

 

recordar el horror de Santiago Nasar cuando ella arrancó de cuajo las entrañas

 

 de un

 

conejo y les tiró a los perros el tripajo humeante.

 

-No seas bárbara -le dijo él-. Imagínate que fuera un ser human

 

o.

 

Victoria Guzmán necesitó casi 20 años para entender que un homb

 

re acostumbrado a

 

matar animales inermes expresara de pronto semejante horror. «Dios Santo -exclamó

 

asustada-, de modo que todo aquello fue una revelación!» Sin embargo, tenía tantas

 

 

 

rabias atrasadas la mañana del crimen, que siguió cebando a los perros con las vísc

 

eras

 

de los otros conejos, sólo por amargarle el desayuno a Santiago Nasar. En ésas estaban

 

cuando el pueblo entero despertó con el bramido estremecedor del buque de va

 

por en

 

que llegaba el obispo.

 

La casa era un antiguo depósito de dos pisos, con paredes de tablones bastos y un

 

 

 

techo de cinc de dos aguas, sobre el cual velaban los gallinazos por los

 

 desperdicios del

 

puerto. Había sido construido en los tiempos en que el río era tan servicial que muchas

 

barcazas de mar, e inclusive algunos barcos de altura, se aventuraban hasta aquí a

 

través de las ciénagas del estuario. Cuando vino Ibrahim Nasar con los últimos árabes,

 

al término de las guerras civiles, ya no llegaban los barcos de mar d

 

ebido a las

 

mudanzas del río, y el depósito estaba en desuso. Ibrahim Nasar lo

 

 compró a cualquier

 

precio para poner una tienda de importación que nunca puso, y sólo cuando se iba a

 

casar lo convirtió en una casa para vivir. En la planta baja abrió

 

 un salón que servía para

 

todo, y construyó en el fondo una caballeriza para cuatro animales, l

 

os cuartos de

 

servicio, y tina cocina de hacienda con ventanas hacia el puerto por donde entraba

 

 a

 

toda hora la pestilencia de las aguas. Lo único que dejó intacto en el salón fue la

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

escalera en espiral rescatada de algún naufragio. En la planta alta, donde antes

 

estuvieron las oficinas de aduana, hizo dos dormitorios amplios y cinco camarotes para

 

 

 

los muchos hijos que pensaba tener, y construyó un balcón de madera sobre los

 

almendros de la plaza, donde Plácida Linero se sentaba en las tardes de marzo a

 

consolarse de su soledad. En la fachada conservó la puerta principal

 

y le hizo dos

 

ventanas de cuerpo entero con bolillos torneados. Conservó también la puerta posterio

 

r,

 

sólo que un poco más alzada para pasar a caballo, y mantuvo en servicio una parte del

 

 

 

antiguo muelle. Ésa fue siempre la puerta de más uso, no sólo porque era el acceso

 

natural a las pesebreras y la cocina, sino porque daba a la calle del pu

 

erto nuevo sin

 

pasar por la plaza. La puerta del frente, salvo en ocasiones festivas, permanecía cerrada

 

y con tranca. Sin embargo, fue por allí, y no por la puerta posterior

 

, por donde

 

esperaban a Santiago Nasar los hombres que lo iban a matar, y fue por al

 

lí por donde él

 

salió a recibir al obispo, a pesar de que debía darle una vuelta completa a la casa para

 

llegar al puerto.

 

Nadie podía entender tantas coincidencias funestas. El juez instructo

 

r que vino de

 

Riohacha debió sentirlas sin atreverse a admitirlas, pues su interés de darles una

 

explicación racional era evidente en el sumario. La puerta de la plaza estaba citada

 

varias veces con un nombre de folletín: La puerta fatal. En realidad, la única explicación

 

válida parecía ser la de Plácida Linero, que contestó a la pregunta con su razó

 

n de

 

madre: «Mi hijo no salía nunca por la puerta de atrás cuando es

 

taba bien vestido».

 

Parecía una verdad tan fácil, que el instructor la registró en una nota marginal, pero no

 

la sentó en el sumario.

 

Victoria Guzmán, por su parte, fue terminante en la respuesta de que ni ella ni su hija

 

sabían que a Santiago Nasar lo estaban esperando para matarlo. Pero en el curso de sus

 

años admitió que ambas lo sabían cuando él entró en la cocina a tomar el café. Se lo

 

había dicho una mujer que pasó después de las cinco a pedir un poco de leche por

 

caridad, y les reveló además los motivos y el lugar donde lo estaban espera

 

ndo. «No la

 

previne porque pensé que eran habladas de borracho», me dijo. No o

 

bstante, Divina Flor

 

me confesó en una visita posterior, cuando ya su madre había muerto,

 

que ésta no le

 

había dicho nada a Santiago Nasar porque en el fondo de su alma quería que lo

 

mataran. En cambio ella no lo previno porque entonces no era más que una niña

 

asustada, incapaz de una decisión propia, y se había asustado mucho más cuando él la

 

 

 

agarró por la muñeca con una mano que sintió helada y pétrea, como una man

 

o de

 

muerto.

 

Santiago Nasar atravesó a pasos largos la casa en penumbra, perseguid

 

o por los

 

bramidos de júbilo del buque del obispo. Divina Flor se le adelantó para abrirle la puerta,

 

tratando de no dejarse alcanzar por entre las jaulas de pájaros dormidos del comedor,

 

por entre los muebles de mimbre y las macetas de helechos colgados de la sala, pero

 

cuando quitó la tranca de la puerta no pudo evitar otra vez la mano de gavilán carnicero.

 

«Me agarró toda la panocha -me dijo Divina Flor-. Era lo que hacía siempre cuando me

 

 

 

encontraba sola por los rincones de la casa, pero aquel día no sentí el susto de siempre

 

sino unas ganas horribles de llorar.» Se apartó para dejarlo salir

 

, y a través de la puerta

 

entreabierta vio los almendros de la plaza, nevados por el resplandor del amanecer, pero

 

no tuvo valor para ver nada más. «Entonces se acabó el pito del buque y empezaron a

 

cantar los gallos -me dijo-. Era un alboroto tan grande, que no podía creers

 

e que

 

hubiera tantos gallos en el pueblo, y pensé que venían en el buque del obispo.» Lo único

 

que ella pudo hacer por el hombre que nunca había de ser suyo, fue dejar la puerta sin

 

tranca, contra las órdenes de Plácida Linero, para que él pudiera entrar otra vez en caso

 

de urgencia. Alguien que nunca fue identificado había metido por debajo de la puerta un

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

papel dentro de un sobre, en el cual le avisaban a Santiago Nasar que lo estab

 

an

 

esperando para matarlo, y le revelaban adem ás el lugar y los motivos, y otros detalles

 

muy precisos de la confabulación. El mensaje estaba en el suelo cuando Santiago Na

 

sar

 

salió de su casa, pero él no lo vio, ni lo vio Divina Flor ni lo v

 

io nadie hasta mucho

 

después de que el crimen fue consumado.

 

Habían dado las seis y aún seguían encendidas las luces públicas. En las ramas de los

 

 

 

almendros, y en algunos balcones, estaban todavía las guirnaldas de c

 

olores de la boda,

 

y hubiera podido pensarse que acababan de colgarlas en honor del obispo.

 

 Pero la plaza

 

cubierta de baldosas hasta el atrio de la iglesia, donde estaba el tablado de los músicos,

 

parecía un muladar de botellas vacías y toda clase de desperdicios de la parranda

 

pública. Cuando Santiago Nasar salió de su casa, varias personas c

 

orrían hacia el puerto,

 

apremiadas por los bramidos del buque.

 

El único lugar abierto en la plaza era una tienda de leche a un costa

 

do de la iglesia,

 

donde estaban los dos hombres que esperaban a Santiago Nasar para matarlo. Clotilde

 

Armenta, la dueña del negocio, fue la primera que lo vio en el resplandor del alba, y

 

tuvo la impresión de que estaba vestido de aluminio. «Ya parecía un fantasma», me

 

 dijo.

 

Los hombres que lo iban a matar se habían dormido en los asientos, apreta

 

ndo en el

 

regazo los cuchillos envueltos en periódicos, y Clotilde Armenta reprimió el

 

aliento para

 

no despertarlos.

 

Eran gemelos: Pedro y Pablo Vicario. Tenían 24 años, y se parecían tanto que costaba

 

trabajo distinguirlos. «Eran de catadura espesa pero de buena índole», decía el sumario.

 

Yo, que los conocía desde la escuela primaria, hubiera escrito lo mismo. Esa mañana

 

llevaban todavía los vestidos de paño oscuro de la boda, demasiado

 

 gruesos y formales

 

para el Caribe, y tenían el aspecto devastado por tantas horas de mala vida, pero habían

 

cumplido con el deber de afeitarse. Aunque no habían dejado de beber

 

desde la víspera

 

de la parranda, ya no estaban borrachos al cabo de tres días, sino que parecían

 

sonámbulos desvelados. Se habían dormido con las primeras auras del amanecer,

 

después de casi tres horas de espera en la tienda de Clotilde Armenta

 

, y aquél era su

 

primer sueño desde el viernes. Apenas si habían despertado con el primer bramido del

 

buque, pero el instinto los despertó por completo cuando Santiago Nasar salió

 

de su

 

casa. Ambos agarraron entonces el rollo de periódicos, y Pedro Vicario empezó a

 

levantarse.

 

-Por el amor de Dios -murmuró Clotilde Armenta-. Déjenlo para después, aunque sea

 

por respeto al señor obispo.

 

«Fue un soplo del Espíritu Santo», repetía ella a menudo. En efecto, había

 

 sido una

 

ocurrencia providencial, pero de una virtud momentánea. Al oírla,

 

los gemelos Vicario

 

reflexionaron, y el que se había levantado volvió a sentarse. Ambo

 

s siguieron con la

 

mirada a Santiago Nasar cuando empezó a cruzar la plaza. «Lo mirab

 

an más bien con

 

lástima», decía Clotilde Armenta. Las niñas de la escuela de

 

 monjas atravesaron la plaza

 

en ese momento trotando en desorden con sus uniformes de huérfanas.

 

Plácida Linero tuvo razón: el obispo no se bajó del buque. Había mucha gente en el

 

 

 

puerto además de las autoridades y los niños de las escuelas, y por todas partes se

 

veían los huacales de gallos bien cebados que le llevaban de regalo al obispo, porque la

 

sopa de crestas era su plato predilecto. En el muelle de carga había tanta leña

 

arrumada, que el buque habría necesitado por lo menos dos horas para cargarla. Pero no

 

se detuvo. Apareció en la vuelta del río, rezongando como un dragó

 

n, y entonces la

 

banda de músicos empezó a tocar el himno del obispo, y los gallos se pusieron a cantar

 

en los huacales y alborotaron a los otros gallos del pueblo.

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

Por aquella época, los legendarios buques de rueda alimentados con leña estaban a

 

punto de acabarse, y los pocos que quedaban en servicio ya no tenían pianola ni

 

camarotes para la luna de miel, y apenas si lograban navegar contra la corriente. Pero

 

éste era nuevo, y tenía dos chimeneas en vez de una con la bandera pintada como un

 

brazal, y la rueda de tablones de la popa le daba un ímpetu de barco de mar. En la

 

baranda superior, junto al camarote del capitán, iba el obispo de sotana blanca con su

 

séquito de españoles. «Estaba haciendo un tiempo de Navidad», ha dicho mi hermana

 

Margot. Lo que pasó, según ella, fue que el silbato del buque soltó un chorro de vapor a

 

presión al pasar frente al puerto, y dejó ensopados a` los que estaban más cerca de la

 

orilla. Fue una ilusión fugaz: el obispo empezó a hacer la seña

 

l de la cruz en el aire

 

frente a la muchedumbre del muelle, y después siguió haciéndola de memoria, sin

 

malicia ni inspiración, hasta que el buque se perdió de vista y sólo quedó el alboroto de

 

los gallos.

 

Santiago Nasar tenía motivos para sentirse defraudado. Había contribuido con varias

 

cargas de leña alas solicitudes públicas del padre Carmen Amador,

 

y además había

 

escogido él mismo los gallos de crestas más apetitosas. Pero fue u

 

na contrariedad

 

momentánea. Mi hermana Margot, que estaba con él en el muelle, lo encontró de muy

 

 

 

buen humor y con ánimos de seguir la fiesta, a pesar de que las aspir

 

inas no le habían

 

causado ningún alivio. «No parecía resfriado, y sólo estaba pensando en lo que había

 

costado la boda», me dijo. Cristo Bedoya, que estaba con ellos, reveló cifras que

 

aumentaron el asombro. Había estado de parranda con Santiago Nasar y conmigo hasta

 

un poco antes de las cuatro, pero no había ido a dormir donde sus padres, sino que se

 

quedó conversando en casa de sus abuelos. Allí obtuvo muchos datos que le faltaban

 

para calcular los costos de la parranda. Contó que se habían sacrificado cuarenta pavos

 

y once cerdos para los invitados, y cuatro terneras que el novio puso a asar para el

 

pueblo en la plaza pública. Contó que se consumieron 205 cajas de

 

alcoholes de

 

contrabando y casi 2.000 botellas de ron de caña que fueron repartidas entre la

 

muchedumbre. No hubo una sola persona, ni pobre ni rica, que no hubiera

 

 participado

 

de algún modo en la parranda de mayor escándalo que se había visto jamás en el

 

pueblo. Santiago Nasar soñó en voz alta.

 

-Así será mi matrimonio -dijo-. No les alcanzará la vida para c

 

ontarlo.

 

Mi hermana sintió pasar el ángel. Pensó una vez más en la bu

 

ena suerte de Flora

 

Miguel, que tenía tantas cosas en la vida, y que iba a tener además a Santiago Nasar en

 

 

 

la Navidad de ese año. «Me di cuenta de pronto de que no podía haber un partido mejor

 

que él», me dijo. «Imagínate: bello, formal, y con una fortuna propia a los veintiún

 

años.» Ella solía invitarlo a desayunar en nuestra casa cuando

 

había caribañolas de

 

yuca, y mi madre las estaba haciendo aquella mañana. Santiago Nasar aceptó

 

entusiasmado.

 

-Me cambio de ropa y te alcanzo -dijo, y cayó en la cuenta de que había olvidado el

 

reloj en la mesa de noche-. ¿Qué hora es?

 

Eran las 6.25. Santiago Nasar tomó del brazo a Cristo Bedoya y se lo llevó hacia la

 

plaza.

 

-Dentro de un cuarto de hora estoy en tu casa -le dijo a mi hermana.

 

Ella insistió en que se fueran juntos de inmediato porque el desayuno estaba servido.

 

«Era una insistencia rara -me dijo Cristo Bedoya-. Tanto, que a veces he pensado que

 

Margot ya sabía que lo iban a matar y quería esconderlo en tu casa.» S

 

in embargo,

 

Santiago Nasar la convenció de que se adelantara mientras él se ponía la ropa de

 

montar, pues tenía que estar temprano en El Divino Rostro para castrar terneros. Se

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

despidió de ella con la misma señal de la mano con que se había despedido de su madre,

 

y se alejó hacia la plaza llevando del brazo a Cristo Bedoya. Fue la

 

última vez que lo vio.

 

Muchos de los que estaban en el puerto sabían que a Santiago Nasar lo iban a matar.

 

Don Lázaro Aponte, coronel de academia en uso de buen retiro y alcalde municipal desde

 

hacía once años, le hizo un saludo con los dedos. «Yo tenía mis razones muy reales

 

para

 

creer que ya no corría ningún peligro», me dijo. El padre Carmen Amador tampoco se

 

preocupó. «Cuando lo vi sano y salvo pensé que todo había sido un infundi

 

o», me dijo.

 

Nadie se preguntó siquiera si Santiago Nasar estaba prevenido, porque

 

 a todos les

 

pareció imposible que no lo estuviera.

 

En realidad, mi hermana Margot era una de las pocas personas que todavía

 

 ignoraban

 

que lo iban a matar. «De haberlo sabido, me lo hubiera llevado para la casa aunque

 

fuera amarrado», declaró al instructor. Era extraño que no lo s

 

upiera, pero lo era mucho

 

más que tampoco lo supiera mi madre, pues se enteraba de todo antes que nadie en la

 

casa, a pesar de que hacía años que no salía a la calle, ni siq

 

uiera para ir a misa. Yo

 

apreciaba esa virtud suya desde que empecé a levantarme temprano para ir a la

 

escuela. La encontraba como era en aquellos tiempos, lívida y sigilosa, barriendo el patio

 

con una escoba de ramas en el resplandor ceniciento del amanecer, y entr

 

e cada sorbo

 

de café me iba contando lo que había ocurrido en el mundo mientras nosotros

 

dormíamos. Parecía tener hilos de comunicación secreta con la otra gente del pueblo,

 

sobre todo con la de su edad, y a veces nos sorprendía con noticias anticipadas que no

 

hubiera podido conocer sino por artes de adivinación. Aquella mañana, sin

 

embargo, no

 

sintió el pálpito de la tragedia que se estaba gestando desde las tres de la

 

 madrugada.

 

Había terminado de barrer el patio, y cuando mi hermana Margot salía a recibir al obispo

 

la encontró moliendo la yuca para las caribañolas. «Se oían

 

gallos», suele decir mi

 

madre recordando aquel día. Pero nunca relacionó el alboroto dista

 

nte con la llegada del

 

obispo, sino con los últimos rezagos de la boda.

 

Nuestra casa estaba lejos de la plaza grande, en un bosque de mangos frente al río.

 

Mi hermana Margot había ido hasta el puerto caminando por la orilla, y la gente estaba

 

demasiado excitada con la visita del obispo para ocuparse de otras novedades. Habían

 

puesto a los enfermos acostados en los portales para que recibieran la medicina de Dios,

 

y las mujeres salían corriendo de los patios con pavos y lechones y t

 

oda clase de cosas

 

de comer, y desde la orilla opuesta llegaban canoas adornadas de flores. Pero después

 

de que el obispo pasó sin dejar su huella en la tierra, la otra noticia reprimida alcanzó s

 

u

 

tamaño de escándalo. Entonces fue cuando mi hermana Margot la conoció completa y de

 

un modo brutal: Ángela Vicario, la hermosa muchacha que se había c

 

asado el día

 

anterior, había sido devuelta a la casa de sus padres, porque el esposo encontró que no

 

era virgen. «Sentí que era yo la que me iba a morir», dijo mi hermana. «Pero por más

 

que volteaban el cuento al derecho y al revés, nadie podía explica

 

rme cómo fue que el

 

pobre Santiago Nasar terminó comprometido en semejante enredo.» Lo

 

 único que sabían

 

con seguridad era que los hermanos de Ángela Vicario lo estaban esperando para

 

matarlo.

 

Mi hermana volvió a casa mordiéndose por dentro para no llorar. Encontró a

 

 mi madre

 

en el comedor, con un traje dominical de flores azules que se había puesto por si el

 

obispo pasaba a saludarnos, y estaba cantando el fado del amor invisible

 

 mientras

 

arreglaba la mesa. Mi hermana notó que había un puesto más que

 

de costumbre.

 

-Es para Santiago Nasar -le dijo mi madre-. Me dijeron que lo habías invitado a

 

desayunar.

 

-Quítalo -dijo mi hermana.

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

Entonces le contó. «Pero fue como si ya lo supiera -me dijo-. Fue lo mismo de

 

siempre, que uno empieza a contarle algo, y antes de que el cuento llegu

 

e a la mitad ya

 

ella sabe cómo termina.» Aquella mala noticia era un nudo cifrado para

 

mi madre. A

 

Santiago Nasar le habían puesto ese nombre por el nombre de ella, y e

 

ra además su

 

madrina de bautismo, pero también tenía un parentesco de sangre co

 

n Pura Vicario, la

 

madre de la novia devuelta. Sin embargo, no había acabado de escuchar

 

 la noticia

 

cuando ya se había puesto los zapatos de tacones y la mantilla de iglesia que sólo usaba

 

entonces para las visitas de pésame. Mi padre, que había oído todo desde la cama,

 

apareció en piyama en el comedor y le preguntó alarmado para dó

 

nde iba.

 

-A prevenir a mi comadre Plácida -contestó ella-. No es justo que

 

todo el mundo sepa

 

que le van a matar el hijo, y que ella sea la única que no lo sabe.

 

-Tenernos tantos vínculos con ella como con los Vicario -dijo mi padr

 

e.

 

-Hay que estar siempre de parte del muerto -dijo ella.

 

Mis hermanos menores empezaron a salir de los otros cuartos. Los más pequeños,

 

 

 

tocados por el soplo de la tragedia, rompieron a llorar. Mi madre no les hizo caso, por

 

una vez en la vida, ni le prestó atención a su esposo.

 

-Espérate y me visto -le dijo él.

 

Ella estaba ya en la calle. Mi hermano Jaime, que entonces no tenía más de siete

 

años, era el único que estaba vestido para la escuela.

 

-Acompáñala tú -ordenó mi padre.

 

Jaime corrió detrás de ella sin saber qué pasaba ni para dón

 

de iban, y se agarró de su

 

mano. «Iba hablando sola -me dijo Jaime-. Hombres de mala ley, decía en voz muy

 

baja, animales de mierda que no son capaces de hacer nada que no sean de

 

sgracias.»

 

No se daba cuenta ni siquiera de que llevaba al niño de la mano. «Debieron pensar que

 

me había vuelto loca -me dijo-. Lo único que recuerdo es que se oí

 

a a lo lejos un ruido

 

de mucha gente, como si hubiera vuelto a empezar la fiesta de la boda, y que todo el

 

mundo corría en dirección de la plaza.» Apresuró el paso, co

 

n la determinación de que

 

era capaz cuando estaba una vida de por medio, hasta que alguien que cor

 

ría en sentido

 

contrario se compadeció de su desvarío.

 

-No se moleste, Luisa Santiaga -le gritó al pasar-. Ya lo mataron.

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

Bayardo San Román, el hombre que devolvió a la esposa, había venido por primera

 

vez en agosto del año anterior: seis meses antes de la boda. Llegó en el buque semanal

 

con unas alforjas guarnecidas de plata que hacían juego con las hebillas de la correa y

 

las argollas de los botines. Andaba por los treinta años, pero muy bien escondidos, pues

 

tenía una cintura angosta de novillero, los ojos dorados, y la piel cocinada a fuego lento

 

por el salitre. Llegó con una chaqueta corta y un pantalón muy estrecho, ambos de

 

becerro natural, y unos guantes de cabritilla del mismo color. Magdalena

 

 Oliver había

 

venido con él en el buque y no pudo quitarle la vista de encima durante el viaje.

 

«Parecía marica -me dijo-. Y era una lástima, porque estaba como para embadurn

 

arlo de

 

mantequilla y comérselo vivo.» No fue la única que lo pensó, ni tampoco la última en

 

darse cuenta de que Bayardo San Román no era un hombre de conocer a p

 

rimera vista.

 

Mi madre me escribió al colegio a fines de agosto y me decía en una nota casual: «Ha

 

venido un hombre muy raro». En la carta siguiente me decía: «El

 

 hombre raro se llama

 

Bayardo San Román, y todo el inundo dice que es encantador, pero yo n

 

o lo he visto».

 

Nadie supo nunca a qué vino. A alguien que no resistió la tentación de pre

 

guntárselo, un

 

poco antes de la boda, le contestó: «Andaba de pueblo en pueblo bu

 

scando con quien

 

casarme». Podía haber sido verdad, pero lo mismo hubiera contestado cualquier otra

 

cosa, pues tenía una manera de hablar que más bien le servía pa

 

ra ocultar que para

 

decir.

 

La noche en que llegó dio a entender en el cine que era ingeniero de trenes, y ha

 

bló

 

de la urgencia de construir un ferrocarril hasta el interior para anticiparnos a las

 

veleidades del río. Al día siguiente tuvo que mandar un telegrama,

 

 y él mismo lo

 

transmitió con el manipulador, y además le enseñó al telegra

 

fista una fórmula suya para

 

seguir usando las pilas agotadas. Con la misma propiedad había hablad

 

o de

 

enfermedades fronterizas con un médico militar que pasó por aquellos meses haciendo

 

la leva. Le gustaban las fiestas ruidosas y largas, pero era de buen beber, separador de

 

pleitos y enemigo de juegos de manos. Un domingo después de misa desafió a l

 

os

 

nadadores más diestros, que eran muchos, y dejó rezagados a los me

 

jores con veinte

 

brazadas de ida y vuelta a través del río. Mi madre me lo contó en una carta, y al final

 

me hizo un comentario muy suyo: «Parece que también está nadando en oro». Esto

 

respondía a la leyenda prematura de que Bayardo San Román no só

 

lo era capaz de

 

hacer todo, y de hacerlo muy bien, sino que además disponía de rec

 

ursos interminables.

 

Mi madre le dio la bendición final en una carta de octubre. «La gente lo quiere mucho

 

-me decía-, porque es honrado y de buen corazón, y el domingo pasa

 

do comulgó de

 

rodillas y ayudó a la misa en latín.» En ese tiempo no estaba permitido comulgar de pie

 

y sólo se oficiaba en latín, pero mi madre suele hacer esa clase de precisiones superfluas

 

cuando quiere llegar al fondo de las cosas. Sin embargo, después de ese veredicto

 

consagratorio me escribió dos cartas más en las que nada me decí

 

a sobre Bayardo San

 

Román, ni siquiera cuando fue demasiado sabido que quería casarse con Ángela Vicario.

 

Sólo mucho después de la boda desgraciada me confesó que lo había co

 

nocido cuando

 

ya era muy tarde para corregir la carta de octubre, y que sus ojos de oro le ha

 

bían

 

causado un estremecimiento de espanto.

 

-Se me pareció al diablo -me dijo-, pero tú mismo me habías dic

 

ho que esas cosas no

 

se deben decir por escrito.

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

Lo conocí poco después que ella, cuando vine a las vacaciones de N

 

avidad, y no lo

 

encontré tan raro como decían. Me pareció atractivo, en efecto, pero muy lejos de la

 

visión idílica de Magdalena Oliver. Me pareció más serio de

 

lo que hacían creer sus

 

travesuras, y de una tensión recóndita apenas disimulada por sus gracias excesivas.

 

Pero sobre todo, me pareció un hombre muy triste. Ya para entonces había formalizado

 

su compromiso de amores con Ángela Vicario.

 

Nunca se estableció muy bien cómo se conocieron. La propietaria de la pensión de

 

hombres solos donde vivía Bayardo San Román, contaba que éste estaba haciendo la

 

siesta en un mecedor de la sala, a fines de setiembre, cuando Ángela Vicario y su

 

madre, atravesaron la plaza con dos canastas de flores artificiales. Bayardo San Román

 

despertó a medias, vio las dos mujeres vestidas de negro inclemente q

 

ue parecían los

 

únicos seres vivos en el marasmo de las dos de la tarde, y preguntó quién era la jove

 

n.

 

La propietaria le contestó que era la hija menor de la mujer que la acompañaba, y que

 

se llamaba Ángela Vicario. Bayardo San Román las siguió con la mirada hasta el otro

 

extremo de la plaza.

 

-Tiene el nombre bien puesto -dijo.

 

Luego recostó la cabeza en el espaldar del mecedor, y volvió a cer

 

rar los ojos.

 

-Cuando despierte -dijo-, recuérdame que me voy a casar con ella.

 

Ángela Vicario me contó que la propietaria de la pensión le había hablado de e

 

ste

 

episodio desde antes de que Bayardo San Román la requiriera en amores

 

. «Me asusté

 

mucho», me dijo. Tres personas que estaban en la pensión confirmaron que el episodio

 

había ocurrido, pero otras cuatro no lo creyeron cierto. En cambio, t

 

odas las versiones

 

coincidían en que Ángela Vicario y Bayardo San Román se habían visto por prim

 

era vez

 

en las fiestas patrias de octubre, durante una verbena de caridad en la que ella estuvo

 

encargada de cantar las rifas. Bayardo San Román llegó a la verben

 

a y fue derecho al

 

mostrador atendido por la rifera lánguida cerrada de luto hasta la empuñadura, y le

 

preguntó cuánto costaba la ortofónica con incrustaciones de ná

 

car que había de ser el

 

atractivo mayor de la feria. Ella le contestó que no estaba para la venta sino para rifar.

 

-Mejor -dijo él-, así será más fácil, y además, más

 

 barata.

 

Ella me confesó que había logrado impresionarla, pero por razones contrarias del

 

amor. «Yo detestaba a los hombres altaneros, y nunca había visto uno con tantas

 

 ínfulas

 

-me dijo, evocando aquel día-. Además, pensé que era un polaco.

 

» Su contrariedad fue

 

mayor cuando cantó la rifa de la ortofónica, en medio de la ansiedad de todos, y en

 

efecto se la ganó Bayardo San Román. No podía imaginarse que él, sólo por

 

impresionarla, había comprado todo los números de la rifa.

 

Esa noche, cuando volvió a su casa, Ángela Vicario encontró all

 

í la ortofónica envuelta

 

en papel de regalo y adornada con un lazo de organza. «Nunca pude saber cómo supo

 

que era mi cumpleaños», me dijo. Le costó trabajo convencer a sus padres de que no le

 

había dado ningún motivo a Bayardo San Román para que le mandara semejante regalo,

 

y menos de una manera tan visible que no pasó inadvertido para nadie.

 

 De modo que

 

sus hermanos mayores, Pedro y Pablo, llevaron la ortofónica al hotel para devolvérsela a

 

 

 

su dueño, y lo hicieron con tanto revuelo que no hubo nadie que la viera venir y n

 

o la

 

viera regresar. Con lo único que no contó la familia fue con los e

 

ncantos irresistibles de

 

Bayardo San Román. Los gemelos no reaparecieron hasta el amanecer del día siguiente,

 

turbios de la borrachera, llevando otra vez la ortofónica y llevando

 

además a Bayardo

 

San Román para seguir la parranda en la casa.

 

Ángela Vicario era la hija menor de una familia de recursos escasos.

 

Su padre, Poncio

 

Vicario, era orfebre de pobres, y la vista se le acabó de tanto hacer primores de oro para

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

mantener el honor de la casa. Purísima del Carmen, su madre, había

 

 sido maestra de

 

escuela hasta que se casó para siempre. Su aspecto manso y un tanto afligido

 

disimulaba muy bien el rigor de su carácter. «Parecía una monja», recuerda Mercedes.

 

Se consagró con tal espíritu de sacrificio a la atención del es

 

poso y a la crianza de los

 

hijos, que a uno se le olvidaba a veces que seguía existiendo. Las do

 

s hijas mayores se

 

habían .casado muy tarde. Además de los gemelos, tuvieron una hija intermedi

 

a que

 

había muerto de fiebres crepusculares, y dos años después seguían guardán

 

dole un luto

 

aliviado dentro de la casa, pero riguroso en la calle. Los hermanos fueron criados para

 

ser hombres. Ellas habían sido educadas para casarse. Sabían bordar con bastidor, coser

 

a máquina, tejer encaje de bolillo, lavar y planchar, hacer flores ar

 

tificiales y dulces de

 

fantasía, y redactar esquelas de compromiso. A diferencia de las muchachas de la é

 

poca,

 

que habían descuidado el culto de la muerte, las cuatro eran maestras en la ciencia

 

antigua de velar a los enfermos, confortar a los moribundos y amortajar a los muertos.

 

Lo único que mi madre les reprochaba era la costumbre de peinarse antes de dormir.

 

«Muchachas -les decía-: no se peinen de noche que se retrasan los navegantes.» Salvo

 

por eso, pensaba que no había hijas mejor educadas. «Son perfectas -le oía decir

 

 con

 

frecuencia-. Cualquier hombre será feliz con ellas, porque han sido criadas para sufrir.»

 

Sin embargo, a los que se casaron con las dos mayores les fue difícil romper el cerco,

 

porque siempre iban juntas a todas partes, y organizaban bailes de mujeres solas y

 

estaban predispuestas a encontrar segundas intenciones en los designios de los

 

hombres.

 

Ángela Vicario era la más bella de las cuatro, y mi madre decía

 

 que había nacido como

 

las grandes reinas de la historia con el cordón umbilical enrollado en el cuello. Pero tení

 

a

 

un aire desamparado y una pobreza de espíritu que le auguraban un por

 

venir incierto.

 

Yo volvía a verla año tras año, durante mi s vacaciones de Navidad, y cada vez parecía

 

más desvalida en la ventana de su casa, donde se sentaba por la tarde a hacer flores de

 

trapo y a cantar valses de solteras con sus vecinas. «Ya está de colgar en un alambre

 

-me decía Santiago Nasar-: tu prima la boba.» De pronto, poco antes del luto de

 

 la

 

hermana, la encontré en la calle por primera vez, vestida de mujer y con el cabello

 

rizado, y apenas si pude creer que fuera la misma. Pero fue una visión momentánea: su

 

penuria de espíritu se agravaba con los años. Tanto, que cuando se supo que Bayardo

 

San Román quería casarse con ella, muchos pensaron que era una per

 

fidia de forastero.

 

La familia no sólo lo tomó en serió, sino con un grande alboroz

 

o. Salvo Pura Vicario,

 

quien puso como condición que Bayardo San Román acreditara su iden

 

tidad. Hasta

 

entonces nadie sabía quién era. Su pasado no iba más allá de

 

 la tarde en que

 

desembarcó con su atuendo de artista, y era tan reservado sobre su origen que hasta el

 

engendro más demente podía ser cierto. Se llegó a decir que hab

 

ía arrasado pueblos y

 

sembrado el terror en Casanare como comandante de tropa, que era prófugo de Cayena,

 

que lo habían visto en Pernambuco tratando de medrar con una pareja de osos

 

amaestrados, y que había rescatado los restos de un galeón español cargado de oro en

 

el canal de los Vientos. Bayardo San Román le puso término a tantas conjetu

 

ras con un

 

recurso simple: trajo a su familia en pleno.

 

Eran cuatro: el padre, la madre y dos hermanas perturbadoras. Llegaron en un Ford T

 

con placas oficiales cuya bocina de pato alborotó las calles a las on

 

ce de la mañana. La

 

madre, Alberta Simonds, una mulata grande de Curazao que hablaba el castellano

 

todavía atravesado de papiamento, había sido proclamada en su juventud como la más

 

bella entre las 200 más bellas de las Antillas. Las hermanas, acabadas de f

 

lorecer,

 

parecían dos potrancas sin sosiego. Pero la carta grande era el padre: el general

 

Petronio San Román, héroe de las guerras civiles del siglo anterior, y una de las glorias

 

 

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

mayores del .régimen conservador por haber puesto en fuga al coronel Aureliano

 

Buendía en el desastre de Tucurinca. Mi madre fue la única que no fue a saludarlo

 

cuando supo quién era. «Me parecía muy bien que se casaran -me dijo-. Pero

 

una cosa

 

era eso, y otra muy distinta era darle la mano a un hombre que ordenó dispararle por ,la

 

espalda a Gerineldo Márquez.» Desde que asomó por la ventana del automóvil

 

saludando con el sombrero blanco, todos lo reconocieron por la fama de sus retratos.

 

Llevaba un traje de lienzo color de trigo, botines de cordobán con los cordones cruzados,

 

y unos espejuelos de oro prendidos con pinzas en la cruz de la nariz y s

 

ostenidos con

 

una leontina en el ojal del chaleco. Llevaba la medalla del valor en la solapa y un bastón

 

con el escudo nacional esculpido en el pomo. Fue el primero que se bajó del automóvil,

 

cubierto por completo por el polvo ardiente de nuestros malos caminos, y

 

 no tuvo más

 

que aparecer en el pescante para que todo el mundo se diera cuenta de que Bayardo

 

San Román se iba a casar con quien quisiera.

 

Era Ángela Vicario quien no quería casarse con él. «Me parecía demasiado hombre

 

para mí», me dijo. Además, Bayardo San Román no había intentado siquiera seducirla a

 

ella, sino que hechizó a la familia con sus encantos. Ángela Vicario no

 

olvidó nunca el

 

horror de la noche en que sus padres y sus hermanas mayores con sus maridos,

 

reunidos en la sala de la casa, le impusieron la obligación de casarse con un hombre que

 

apenas había visto. Los gemelos se mantuvieron al margen. «Nos pareció

 

 que eran

 

vainas de mujeres», me dijo Pablo Vicario. El argumento decisivo de los padres fue que

 

una familia dignifica da por la modestia no tenía derecho a despreciar aq

 

uel premio del

 

destino. Angela Vicario se atrevió apenas a insinuar el inconveniente

 

 de la falta de amor,

 

pero su madre lo demolió con una sola frase:

 

-También el amor se aprende.

 

A diferencia de los noviazgos de la época, que eran largos y vigilado

 

s, el de ellos fue

 

de sólo cuatro meses por las urgencias de Bayardo San Román. No fue más corto porque

 

Pura Vicario exigió esperar a que terminara el luto de la familia. Pero el tiempo alcanzó

 

sin angustias por la manera irresistible con que Bayardo San Román arreglaba las cosas.

 

«Una noche me preguntó cuál era la casa que más me gustaba -

 

me contó Ángela

 

Vicario-. Y yo le contesté, sin saber para qué era, que la más bonita del pueblo

 

era la

 

quinta del viudo de Xius.» Yo hubiera dicho lo mismo. Estaba en una colina barrida por

 

los vientos, y desde la terraza se veía el paraíso sin limite de las ciénagas cubiertas de

 

anémonas moradas, y en los días claros del verano se alcanzaba a ver el horizonte ní

 

tido

 

del Caribe, y los trasatlánticos de turistas de Cartagena de Indias. Bayardo San Romá

 

n

 

fue esa misma noche al Club Social y se sentó a la mesa del viudo de Xius a jugar una

 

partida de dominó.

 

-Viudo -le dijo-: le compro su casa.

 

-No está a la venta -dijo el viudo.

 

-Se la compro con todo lo que tiene dentro.

 

El viudo de Xius le explicó con una buena educación a la antigua q

 

ue los objetos de la

 

casa habían sido comprados por la esposa en toda una vida de sacrific

 

ios, y que para él

 

seguían siendo como parte de ella. «Hablaba con el alma en la mano -me dijo el doctor

 

Dionisio Iguarán, que estaba jugando con ellos-. Yo estaba seguro que prefería morirse

 

antes que vender una casa donde había sido feliz durante más de treinta años.»

 

 

 

También Bayardo San Román comprendió sus razones.

 

-De acuerdo -dijo-. Entonces véndame la casa vacía.

 

Pero el viudo se defendió hasta el final de la partida. Al cabo de tres noches, ya mej

 

or

 

preparado, Bayardo San Román ,Volvió a la mesa de dominó.

 

 17

 

 

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

-Viudo -empezó de nuevo-: ¿Cuánto cuesta la casa?

 

-No tiene precio.

 

-Diga uno cualquiera.

 

-Lo siento, Bayardo -dijo el viudo-, pero ustedes los jóvenes no enti

 

enden los motivos

 

del corazón.

 

Bayardo San Román no hizo una pausa para pensar.

 

-Digamos cinco mil pesos -dijo.

 

Juega limpio -le replicó el viudo con la dignidad alerta-. Esa casa n

 

o vale tanto.

 

-Diez mil -dijo Bayardo San Román-. Ahora mismo, y con un billete enc

 

ima del otro.

 

El viudo lo miró con los ojos llenos de lágrimas. «Lloraba de rabia -me dij

 

o el doctor

 

Dionisio Iguarán, que además de médico era hombre de letras-. Imagínate: semejante

 

cantidad al alcance de la mano, y tener que decir que no por una simple flaqueza del

 

espíritu.» Al viudo de Xius no le salió la voz, pero negó si

 

n vacilación con la cabeza.

 

-Entonces hágame un último favor -dijo Bayardo San Román-. Espéreme aquí cinco

 

minutos.

 

Cinco minutos después, en efecto, volvió al Club Social con las alforjas enchapadas de

 

plata, y puso sobre la mesa diez gavillas de billetes de a mil todavía con las bandas

 

impresas del Banco del Estado. El viudo de Xius murió dos años después. «Se murió de

 

eso -decía el doctor Dionisio Iguarán-. Estaba más sano que nos

 

otros, pero cuando uno

 

lo auscultaba se le sentían borboritar las lágrimas dentro del corazón.» Pues no sólo

 

había vendido la casa con todo lo que tenía dentro, sino que le pidió a Bayardo San

 

Román que le fuera pagando poco a poco porque no le quedaba ni un baúl de

 

consolación para guardar tanto dinero.

 

Nadie hubiera pensado, ni lo dijo nadie, que Ángela Vicario no fuera

 

virgen. No se le

 

había conocido ningún novio anterior y había crecido junto con sus hermanas bajo el

 

rigor de una madre de hierro. Aun cuando le faltaban menos de dos meses

 

para casarse,

 

Pura Vicario no permitió que fuera sola con Bayardo San Román a conocer la casa en

 

que iban a vivir, sino que ella y el padre ciego la acompañaron para

 

custodiarle la honra.

 

« Lo único que le rogaba a Dios es que me diera valor para matarme -me

 

dijo Ángela

 

Vicario-. Pero no me lo dio.» Tan aturdida estaba que había resuel

 

to contarle la verdad a

 

su madre para librarse de aquel martirio, cuando sus dos únicas confidentes, que la

 

ayudaban a hacer flores de trapo junto a la ventana, la disuadieron de su buena

 

intención. «Les obedecí a ciegas -me dijo- porque me habían

 

hecho creer que eran

 

expertas en chanchullos de hombres.» Le aseguraron que casi todas las mujeres perdían

 

la virginidad en accidentes de la infancia. Le insistieron en que aun los maridos más

 

difíciles se resignaban a cualquier cosa siempre que nadie lo supiera. La convencieron,

 

en fin, de que la mayoría de los hombres llegaban tan asustados a la

 

noche de bodas,

 

que eran incapaces de hacer nada sin la ayuda de la mujer, y a la hora de la verdad no

 

podían responder de sus propios actos. «Lo único que creen es lo que vean en la

 

sábana», le dijeron. De modo que le enseñaron artimañas de comadronas para fingir sus

 

prendas perdidas, y para que pudiera exhibir en su primera mañana de recié

 

n casada,

 

abierta al sol en el patio de su casa, la sábana de hilo con la manch

 

a del honor.

 

Se casó con esa ilusión. Bayardo San Román, por su parte, debió casarse con la

 

 

 

ilusión de comprar la felicidad con el peso descomunal de su poder y su fortuna, pues

 

cuanto más aumentaban los planes de la fiesta, más ideas de deliri

 

o se le ocurrían para

 

hacerla más grande. Trató de retrasar la boda por un día cuando se anunció la visita del

 

obispo, para que éste los casara, pero Ángela Vicario se opuso. «La verdad -me dijo- es

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

que yo no quería ser bendecida por un hombre que sólo cortaba las crestas para la sopa

 

y botaba en la basura el resto del gallo.» Sin embargo, aun sin la bendición del obispo,

 

la fiesta adquirió una fuerza propia tan difícil de amaestrar, que al mismo Bayardo San

 

Román se le salió de las manos y terminó por ser un acontecimie

 

nto público.

 

El general Petronio San Román y su familia vinieron esta vez en el buque de

 

ceremonias del Congreso Nacional, que permaneció atracado en el muelle hasta el

 

término de la fiesta, y con ellos vinieron muchas gentes ilustres que sin embargo

 

pasaron inadvertidas en el tumulto de caras nuevas. Trajeron tantos regalos, que fue

 

preciso restaurar el local olvidado de la primera planta eléctrica pa

 

ra exhibir los más

 

admirables, y el resto los llevaron de una vez a la antigua casa del viu

 

do de Mus que ya

 

estaba dispuesta para recibir a los recién casados. Al novio le regal

 

aron un automóvil

 

convertible con su nombre grabado en letras góticas bajo el escudo de la fábrica. A la

 

novia le regalaron un estuche de cubiertos de oro puro para veinticuatro invitados.

 

Trajeron además un espectáculo de bailarines, y dos orquestas de v

 

alses que

 

desentonaron con las bandas locales, y con las muchas papayeras y grupos de

 

acordeones que venían alborotados por la bulla de la parranda.

 

La familia Vicario vivía en una casa modesta, con paredes de ladrillo

 

s y un, techo de

 

palma rematado por dos buhardas donde se metían a empollar las golondrinas en enero.

 

Tenía en el frente una terraza ocupada casi por completo con macetas de flores, y

 

 un

 

patio grande con gallinas sueltas y árboles frutales. En el fondo del

 

 patio, los gemelos

 

tenían un criadero de cerdos, con su piedra de sacrificios y su mesa de destaza

 

r, que fue

 

una buena fuente de recursos domésticos desde que a Poncio Vicario se le acabó la

 

vista. El negocio lo había empezado Pedro Vicario, pero cuando éste se fue a

 

l servicio

 

militar, su hermano gemelo aprendió también el oficio de matarife.

 

 

 

El interior de la casa alcanzaba apenas para vivir. Por eso las hermanas mayores

 

trataron de pedir una casa prestada cuando se dieron cuenta del tamaño de la fiesta.

 

«Imagínate -me dijo Ángela Vicario-: habían pensado en la ca

 

sa de Plácida Linero, pero

 

por fortuna mis padres se emperraron con el tema de siempre de que nuestras hijas se

 

casan en nuestro chiquero, o no se casan.» Así que pintaron la cas

 

a de su color amarillo

 

original, enderezaron las puertas y compusieron los pisos, y la dejaron

 

tan digna como

 

fue posible para una boda de tanto estruendo. Los gemelos se llevaron lo

 

s cerdos para

 

otra parte y sanearon la porqueriza con cal viva, pero aun así se vio que

 

iba a faltar

 

espacio. Al final, por diligencias de Bayardo San. Román, tumbaron las cercas del patio,

 

pidieron prestadas para bailar las casas contiguas, y pusieron mesones de carpinteros

 

para sentarse a comer bajo la fronda de los tamarindos.

 

El único sobresalto imprevisto lo causó el novio en la mañana de la boda, pues llegó

 

 a

 

buscar a Ángela Vicario con dos horas de retraso, y ella se había

 

negado a vestirse de

 

novia mientras no lo viera en la casa. «Imagínate -me dijo-: hasta me hubiera alegra

 

do

 

de que no llegara, pero nunca que me dejara vestida.» Su cautela pareció

 

natural,

 

porque no había un percance público más vergonzoso para una mujer que quedarse

 

plantada con el vestido de novia. En cambio, el hecho de que Ángela Vicario se

 

 atreviera

 

a ponerse el velo y los azahares sin ser virgen, había de ser interpretado después como

 

una profanación de los símbolos de la pureza. Mi madre fue la única que apreció como

 

un acto de valor el que hubiera jugado sus cartas marcadas hasta las últ

 

imas

 

consecuencias. «En aquel tiempo -me explicó-, Dios entendía esas cosas.» Por el

 

contrario, nadie ha sabido todavía con qué cartas jugó Bayardo

 

San Román. Desde que

 

apareció por fin de levita y chistera, hasta que se fugó del baile

 

 con la criatura de sus

 

tormentos, fue la imagen perfecta del novio feliz.

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

Tampoco se supo nunca con qué cartas jugó Santiago Nasar. Yo estuve con é

 

l todo el

 

tiempo, en la iglesia y en la fiesta, junto con Cristo Bedoya y mi hermano Luis Enriqu

 

e, y

 

ninguno de nosotros vislumbró el menor cambio en su modo de ser. He tenido que

 

repetir esto muchas veces, pues los cuatro habíamos crecido juntos en la escuela y

 

luego en la misma pandilla de vacaciones, y nadie podía creer que tuviéramos u

 

n secreto

 

sin compartir, y menos un secreto tan grande.

 

Santiago Nasar era un hombre de fiestas, y su gozo mayor lo tuvo la víspera de su

 

muerte, calculando los costos de la boda. En la iglesia estimó que habían puesto adornos

 

florales por un valor igual al de catorce entierros de primera clase. Esa precisión h

 

abía

 

de perseguirme durante muchos años, pues Santiago Nasar me había dicho a menudo

 

que el olor de las flores encerradas tenía para él una relación

 

 inmediata con la muerte, y

 

aquel día me lo repitió al entrar en el templo. «No quiero flor

 

es en mi entierro», me dijo,

 

sin pensar que yo había de ocuparme al día siguiente de que no las hubiera. En el

 

trayecto de la iglesia a la casa de los Vicario sacó la cuenta de las guirnaldas de colores

 

con que adornaron las calles, calculó el precio de la música y los cohetes, y hasta de l

 

a

 

granizada de arroz crudo con que nos recibieron en la fiesta. En el sopor del medio día

 

los recién casados hicieron la ronda del patio. Bayardo San Román se había hecho muy

 

amigo nuestro, amigo de tragos, como se decía entonces, y parecía muy a gusto en

 

nuestra mesa. Ángela Vicario, sin el velo y la corona y con el vestido de raso ensopado

 

de sudor, había asumido de pronto su cara de mujer casada. Santiago Nasar calculaba, y

 

se lo dijo a Bayardo San Román, que la boda iba costando hasta ese momento unos

 

nueve mil pesos. Fue evidente que ella lo entendió como una impertinencia. « Mi madre

 

me había enseñado que nunca se debe hablar de plata delante de la otra gente», me

 

dijo. Bayardo San Román, en cambio, lo recibió de muy buen talante

 

 y hasta con una

 

cierta jactancia.

 

-Casi -dijo-, pero apenas estamos empezando. Al final será más o m

 

enos el doble.

 

Santiago Nasar se propuso comprobarlo hasta el último céntimo, y la vida le

 

 alcanzó

 

justo. En efecto, con los datos finales que Cristo Bedoya le dio al día siguiente en el

 

puerto, 45 minutos antes de morir, comprobó que el pronóstico de Bayardo San Román

 

había sido exacto.

 

Yo conservaba un recuerdo muy confuso de la fiesta antes de que hubiera decidido

 

rescatarla a pedazos de la memoria ajena. Durante años se siguió hablando en mi casa

 

de que mi padre había vuelto a tocar el violín de su juventud en honor de los recién

 

casados, que mi hermana la monja bailó un merengue con su hábito de tornera, y que el

 

doctor Dionisio Iguarán, que era primo hermano de mi madre, consiguió

 

 que se lo

 

llevaran en el buque oficial para no estar aquí al día siguiente cuando viniera el obispo.

 

En el curso de las indagaciones para esta crónica recobré numerosas vive

 

ncias

 

marginales, y entre ellas el recuerdo de gracia de las hermanas de Bayar

 

do San Román,

 

cuyos vestidos de terciopelo con grandes alas de mariposas, prendidas con pinzas de oro

 

en la espalda, llamaron más la atención que el penacho de plumas y la coraza de

 

medallas de guerra de su padre. Muchos sabían que en la inconsciencia de la parranda le

 

propuse a Mercedes Barcha que se casara conmigo, cuando apenas había terminado la

 

escuela primaria, tal como ella misma me lo recordó cuando nos casamos catorce años

 

 

 

después. La imagen más intensa que siempre conservé de aquel domingo indeseable fue

 

la del viejo Poncio Vicario sentado solo en un taburete en el centro del patio. Lo habían

 

puesto ahí pensando quizás que era el sitio de honor, y los invitados tropezaban con él,

 

lo confundían con otro, lo cambiaban de lugar para que no estorbara, y él movía la

 

cabeza nevada hacia todos lados con una expresión errática de ciego demasiado

 

reciente, contestando preguntas que no eran para él y respondiendo sa

 

ludos fugaces que

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

nadie le hacía, feliz en su cerco de olvido, con la camisa acartonada de engrudo y el

 

bastón de guayacán que le habían comprado para la fiesta.

 

El acto formal terminó a las seis de la tarde cuando se despidieron los invitados de

 

honor. El buque se fue con las luces encendidas y dejando un reguero de valses de

 

pianola, y por un instante quedamos a la deriva sobre un abismo de incertidumbre,

 

 

 

hasta que volvimos a reconocernos unos a otros y nos hundimos en el manglar de la

 

parranda. Los recién casados aparecieron poco después en el automóvil descubierto,

 

abriéndose paso a duras penas en el tumulto. Bayardo San Román reventó cohete

 

s,

 

tomó aguardiente de las botellas que le tendía la muchedumbre, y se bajó del coche con

 

Ángela Vicario para meterse en la rueda de la cumbiamba. Por último ordenó que

 

siguiéramos bailando por cuenta suya hasta donde nos alcanzara la vid

 

a, y se llevó a la

 

esposa aterrorizada para la casa de sus sueños donde el viudo de Xius

 

 había sido feliz.

 

La parranda pública se dispersó en fragmentos hacia la media noche, y sólo quedó

 

abierto el negocio de Clotilde Armenta a un costado de la plaza. Santiago Nasar y y

 

o,

 

con mi hermano Luis Enrique y Cristo Bedoya, nos fuimos para la casa de misericordias

 

de María Alejandrina Cervantes. Por allí pasaron entre muchos otro

 

s los hermanos

 

Vicario, y estuvieron bebiendo con nosotros y cantando con Santiago Nasar cinco h

 

oras

 

antes de matarlo. Debían quedar aún algunos rescoldos desperdigado

 

s de la fiesta

 

original, pues de todos lados nos llegaban ráfagas de música. y pleitos remotos, y nos

 

siguieron llegando, cada vez más tristes, hasta muy poco antes de que bramara el buque

 

del obispo.

 

Pura Vicario le contó a mi madre que se había acostado a las once

 

 de la noche

 

después de que las hijas mayores la ayudaron a poner un poco de orden

 

 en los estragos

 

de la boda. Como a las diez, cuando todavía quedaban algunos borracho

 

s cantando en el

 

patio, Ángela Vicario había mandado a pedir una maletita de cosas personales que

 

estaba en el ropero de su dormitorio, y ella quiso mandarle también una maleta con ropa

 

de diario, pero el recadero estaba de prisa. Se había dormido a fondo cuando tocaron a

 

la puerta. «Fueron tres toques muy despacio -le contó a mi madre-, pero tenían esa cosa

 

rara de las malas noticias.» Le contó que había abierto la puer

 

ta sin encender la luz para

 

no despertar a nadie, y vio a Bayardo San Román en el resplandor del

 

farol público, con

 

la camisa de seda sin abotonar y los pantalones de fantasía sostenidos con tirantes

 

elásticos. «Tenía ese color verde de los sueños», le dijo Pura Vicario a mi madre. Ángela

 

Vicario estaba en la sombra, de modo que sólo la vio cuando Bayardo San Román la

 

agarró por el brazo y la puso en la luz. Llevaba el traje de raso en piltrafas y estaba

 

envuelta con una toalla hasta la cintura. Pura Vicario creyó que se h

 

abían desbarrancado

 

con el automóvil y estaban muertos en el fondo del precipicio.

 

Ave María Purísima -dijo aterrada-. Contesten si todavía son de

 

 este mundo.

 

Bayardo San Román no entró, sino que empujó con suavidad a su esposa hacia el

 

interior de la casa, sin decir una palabra. Después besó a Pura Vicario en la mej

 

illa y le

 

habló con una voz de muy hondo desaliento pero con mucha ternura.

 

-Gracias por todo, madre -le dijo-. Usted es una santa.

 

Sólo Pura Vicario supo lo que hizo en las dos horas siguientes, y se fue a la muerte

 

con su secreto. «Lo único que recuerdo es que me sostenía por el pe

 

lo con una mano y

 

me golpeaba con la otra con tanta rabia que pensé que me iba a matar»

 

, me contó

 

Ángela Vicario. Pero hasta eso lo hizo con tanto sigilo, que su marido y sus hijas

 

mayores, dormidos en los otros cuartos, no se enteraron de nada hasta el

 

 amanecer

 

cuando ya estaba consumado el desastre.

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

Los gemelos volvieron a la casa un poco antes de las tres, llamados de urgencia por

 

su madre. Encontraron á Ángela Vicario tumbada bocabajo en un sofá

 

 del comedor y con

 

la cara macerada a golpes, pero había terminado de llorar. «Ya no estaba asustada -me

 

 

 

dijo-. Al contrario: sentía como si por fin me hubiera quitado de enc

 

ima la conduerma de

 

la muerte, y lo único que quería era que todo terminara rápido para tirarme a dormir.»

 

Pedro Vicario, el más resuelto de los hermanos, la levantó en vilo por la cintura y

 

la

 

sentó en la mesa del comedor.

 

-Anda, niña -le dijo temblando de rabia-: dinos quién fue.

 

Ella se demoró apenas el tiempo necesario para decir el nombre. Lo buscó en las

 

tinieblas, lo encontró a primera vista entre los tantos y tantos nombres confundibles de

 

este mundo y del otro, y lo dejó clavado en la pared con su dardo certero, como a una

 

mariposa sin albedrío cuya sentencia estaba escrita desde siempre.

 

-Santiago Nasar -dijo.

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

El abogado sustentó la tesis del homicidio en legítima defensa del ho

 

nor, que fue

 

admitida por el tribunal de conciencia, y los gemelos declararon al final del jui

 

cio que

 

hubieran vuelto a hacerlo mil veces por los mismos motivos. Fueron ellos quienes

 

vislumbraron el recurso de la defensa desde que se rindieron ante su igl

 

esia pocos

 

minutos después del crimen. Irrumpieron jadeando en la Casa Cural, pe

 

rseguidos de

 

cerca por un grupo de árabes enardecidos, y pusieron los cuchillos con el acero limpio en

 

la mesa del padre Amador. Ambos estaban exhaustos por el trabajo bárbaro de l

 

a

 

muerte, y tenían la ropa y los brazos empapados y la cara embadurnada

 

 de sudor y de

 

sangre todavía viva, pero él párroco recordaba la rendición

 

como un acto de una gran

 

dignidad.

 

-Lo matamos a conciencia -dijo Pedro Vicario-, pero somos inocentes.

 

-Tal vez ante Dios -dijo el padre Amador.

 

-Ante Dios y ante los hombres -dijo Pablo Vicario-. Fue un asunto de hon

 

or.

 

Más aún: en la reconstrucción de los hechos fingieron un encarnizamiento mucho más

 

inclemente que el de la realidad, hasta el extremo de que fue necesario reparar con

 

fondos públicos la puerta principal de la casa de Plácida Linero, que quedó desportillada

 

a punta de cuchillo. En el panóptico de Riohacha, donde estuvieron tres añ

 

os en espera

 

del juicio porque no tenían con que pagar la fianza para la libertad condicional, los

 

reclusos más antiguos los recordaban por su buen carácter y su esp

 

íritu social, pero

 

nunca advirtieron en ellos ningún indicio de arrepentimiento. Sin embargo, la realidad

 

 

 

parecía ser que los hermanos Vicario no hicieron nada de lo que conve

 

nía para matar a

 

Santiago Nasar de inmediato y sin espectáculo público, sino que hicieron mucho má

 

s de

 

lo que era imaginable para que alguien les impidiera matarlo, y no lo co

 

nsiguieron.

 

Según me dijeron años después, habían empezado por buscarlo en la casa de María

 

Alejandrina Cervantes, donde estuvieron con él hasta las dos. Este dato, como muc

 

hos

 

otros, no fue registrado en el sumario. En realidad, Santiago Nasar ya no estaba ahí a la

 

hora en que los gemelos dicen que fueron a buscarlo, pues habíamos salido

 

a hacer una

 

ronda de serenatas, pero en todo caso no era cierto que hubieran ido. «Jamás habrían

 

vuelto a salir de aquí», me dijo María Alejandrina Cervantes, y conociéndola tan bien,

 

nunca lo puse en duda. En cambio, lo fueron a esperar en la casa de Clotilde Armenta,

 

por donde sabían que iba a pasar medio mundo menos Santiago Nasar. «Era el único

 

lugar abierto», declararon al instructor. «Tarde o temprano tenía que salir por ahí», me

 

dijeron a mí, después de que fueron absueltos. Sin embargo, cualquiera sabía que

 

 la

 

puerta principal de la casa de Plácida Linero permanecía trancada por dentro, inclusive

 

durante el día, y que Santiago Nasar llevaba siempre consigo las llaves de la entrada

 

posterior. Por allí entró de regreso a su casa, en efecto, cuando hacía má

 

s de una hora

 

que los gemelos Vicario lo esperaban por el otro lado, y si después salió por la puerta de

 

la plaza cuando iba a recibir al obispo fue por una. razón tan imprevista que el mismo

 

instructor del sumario no acabó de entenderla.

 

Nunca hubo una muerte más anunciada. Después de que la hermana les revel

 

ó el

 

nombre, los gemelos Vicario pasaron por el depósito de la pocilga, do

 

nde guardaban los

 

útiles de sacrificio, y escogieron los dos cuchillos mejores: uno de

 

descuartizar, de diez

 

pulgadas de largo por dos y media de ancho, y otro de limpiar, de siete pulgadas de

 

largo por una y media de ancho. Los envolvieron en un trapo, y se fueron a afilarl

 

os en

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

el mercado de carnes, donde apenas empezaban a abrir algunos expendios.

 

 Los

 

primeros clientes eran escasos, pero veintidós personas declararon ha

 

ber oído cuanto

 

dijeron, y todas coincidían en la impresión de que lo habían di

 

cho con el único propósito

 

de que los oyeran. Faustino Santos, un carnicero amigo, los vio entrar a las 3.20 cuando

 

acababa de abrir su mesa de vísceras, y no entendió por qué llegaban el

 

 lunes y tan

 

temprano, y todavía con los vestidos de paño oscuro de la boda. Estaba acostumbrado a

 

verlos los viernes, pero un poco más tarde, y con los delantales de cuero que se ponían

 

para la matanza. «Pensé que estaban tan borrachos -me dijo Faustino Santos

 

-, que no

 

sólo se habían equivocado de hora sino también de fecha.» Le

 

s recordó que era lunes.

 

-Quién no lo sabe, pendejo -le contestó de buen modo Pablo Vicario-. Sólo venimos a

 

afilar los cuchillos.

 

Los afilaron en la piedra giratoria, y como lo hacían siempre: Pedro

 

sosteniendo los

 

dos cuchillos y alternándolos en la piedra, y Pablo dándole vuelta a la manivela. Al

 

mismo tiempo hablaban del esplendor de la boda con los otros carniceros. Algunos se

 

quejaron de no haber recibido su ración de pastel, a pesar de ser compañeros de oficio,

 

y ellos les prometieron que las harían mandar más tarde. Al final,

 

 hicieron cantar los

 

cuchillos en la piedra, y Pablo puso el suyo junto a la lámpara para que destellara el

 

acero:

 

-Vamos a matar a Santiago Nasar -dijo.

 

Tenían tan bien fundada su reputación de gente buena, que nadie les hizo caso.

 

«Pensamos que eran vainas de borrachos», declararon varios carniceros, lo mismo que

 

Victoria Guzmán y tantos otros que los vieron después. Yo había de preguntarles alguna

 

vez a los carniceros si el oficio de matarife no revelaba un alma predispuesta para matar

 

un ser humano. Protestaron: «Cuando uno sacrifica una res no se atrev

 

e a mirarle los

 

ojos». Uno de ellos me dijo que no podía comer la carne del animal que degollaba. Otro

 

me dijo que no sería capaz de sacrificar una vaca que hubiera conocido antes, y menos

 

si había tomado su leche. Les recordé que los hermanos Vicario sacrificaban los mismos

 

cerdos que criaban, y les eran tan familiare s que los distinguían por sus nombres. «Es

 

cierto -me replicó uno-, pero fíjese que no les ponían nombres de gente sino de flore

 

s.»

 

Faustino Santos fue el único que percibió una lumbre de verdad en

 

la amenaza de Pablo

 

Vicario, y le preguntó en broma por qué tenían que matar a Santiago Nasar habiendo

 

tantos ricos que merecían morir primero.

 

-Santiago Nasar sabe por qué -le contestó Pedro Vicario.

 

Faustino Santos me contó que se había quedado con la duda, y se la comunicó a un

 

agente de la policía que pasó poco más tarde a comprar una libr

 

a de hígado para el

 

desayuno del alcalde. El agente, de acuerdo con el sumario, se llamaba Leandro Pornoy,

 

y murió el año siguiente por una cornada de toro en la yugular durante las fiestas

 

patronales. De modo que nunca pude hablar con él, pero Clotilde Armen

 

ta me confirmó

 

que fue la primera persona que estuvo en su tienda cuando ya los gemelos

 

 Vicario se

 

habían sentado a esperar.

 

Clotilde Armenta acababa de reemplazar a su marido en el mostrador. Era el sistema

 

habitual. La tienda vendía leche al amanecer y víveres durante el día, y se transformaba

 

en cantina desde las seis de la tarde. Clotilde Armenta la abría a las 3.30 de la

 

madrugada. Su marido, el buen don Rogelio de la Flor, se hacía cargo

 

 de la cantina

 

hasta la hora de cerrar. Pero aquella noche hubo tantos clientes descarr

 

iados de la boda,

 

que se acostó pasadas las tres sin haber cerrado, y ya Clotilde Armenta estaba

 

levantada más temprano que de costumbre, porque quería terminar antes de que llegar

 

a

 

el obispo.

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

Los hermanos Vicario entraron a las 4.10. A esa hora sólo se vendían cosas de comer,

 

pero Clotilde Armenta les vendió una botella de aguardiente de cañ

 

a, no sólo por el

 

aprecio que les tenía, sino también porque estaba muy agradecida por la porción de

 

pastel de boda que le habían mandado. Se bebieron la botella entera con dos largas

 

tragantadas, pero siguieron impávidos. «Estaban pasmados -me dijo Clotilde Armenta-,

 

y ya no podían levantar presión ni con petróleo de lámpara.»

 

 Luego se quitaron las

 

chaquetas de paño, las colgaron con mucho cuidado en el espaldar de las sillas, y

 

pidieron otra botella. Tenían la camisa sucia de sudor seco y una bar

 

ba del día anterior

 

que les daba un aspecto montuno. La segunda botella se la tomaron más despacio,

 

sentados, mirando con insistencia hacia la casa de Plácida Linero, en la acera de

 

enfrente, cuyas ventanas estaban apagadas. La más grande del balcón era la del

 

dormitorio de Santiago Nasar. Pedro Vicario le preguntó a Clotilde Ar

 

menta si había visto

 

luz en esa ventana, y ella le contestó que no, pero le pareció un

 

interés extraño.

 

-¿Le pasó algo? -preguntó.

 

-Nada -le contestó Pedro Vicario-. No más que lo andamos buscando

 

para matarlo.

 

Fue una respuesta tan espontánea que ella no pudo creer que fuera cierta. Pero se fijó

 

en que los gemelos llevaban dos cuchillos de matarife envueltos en trapo

 

s de cocina.

 

-¿Y se puede saber por qué quieren matarlo tan temprano? -preguntó

 

.

 

-Él sabe por qué -contestó Pedro Vicario.

 

Clotilde Armenta los examinó en serio. Los conocía tan bien que podía distinguirlos,

 

sobre todo después de que Pedro Vicario regresó del cuartel. «Parecían dos niños»,

 

me

 

dijo. Y esa reflexión la asustó, pues siempre había pensado que

 

 sólo los niños son

 

capaces de todo. Así que acabó de preparar los trastos de la leche

 

, y se fue a despertar

 

a su marido para contarle lo que estaba pasando en la tienda. Don Rogeli

 

o de la Flor la

 

escuchó medio dormido.

 

-No seas pendeja -le dijo-, ésos no matan a nadie, y menos a un rico.

 

 

 

Cuando Clotilde Armenta volvió a la tienda los gemelos estaban conversando con el

 

agente Leandro Pornoy, que iba por la leche del alcalde. No oyó lo que hablaron, pero

 

supuso que algo le habían dicho de sus propósitos, por la forma en que observó los

 

cuchillos al salir.

 

El coronel Lázaro Aponte se había levantado un poco antes de las cuatro. Acababa de

 

afeitarse cuando el agente Leandro Pornoy le reveló las intenciones d

 

e los hermanos

 

Vicario. Había resuelto tantos pleitos de amigos la noche anterior, que no se

 

dio ninguna

 

prisa por uno más. Se vistió con calma, se hizo varias veces hasta que le quedó perfecto

 

el corbatín de mariposa, y se colgó en el cuello el escapulario de la Congregación de

 

María para recibir al obispo. Mientras desayunaba con un guiso de hígado cubierto de

 

anillos de cebolla, su esposa le’contó muy excitada que Bayardo San Román

 

había

 

devuelto a Ángela Vicario, pero él no lo tomó con igual dramati

 

smo.

 

-¡Dios mío! -se burló-, ¿qué va a pensar el obispo?

 

Sin embargo, antes de terminar el desayuno recordó lo que acababa de decirle el

 

ordenanza, juntó las dos noticias y descubrió de inmediato que casaban exactas como

 

dos piezas de un acertijo. Entonces fue a la plaza por la calle del puerto nuevo, c

 

uyas

 

casas empezaban a revivir por la llegada del obispo. «Recuerdo con seguridad que eran

 

casi las cinco y empezaba a llover», me dijo el coronel Lázaro Aponte. En el trayecto,

 

tres personas lo detuvieron para contarle en secreto que los hermanos Vicario estaban

 

esperando a Santiago Nasar para matarlo, pero sólo uno supo decirle d

 

ónde.

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

Los encontró en la tienda de Clotilde Armenta. «Cuando los vi pensé

 

 que eran puras

 

bravuconadas -me dijo con su lógica personal-, porque no estaban tan borrachos como

 

yo creía.» Ni siquiera los interrogó sobre sus intenciones, sino que les quitó los cuchillos

 

y los mandó a dormir. Los trataba con la misma complacencia de sí mismo con que

 

había sorteado la alarma de la esposa.

 

-¡Imagínense -les dijo-: qué va a decir el obispo si los encuen

 

tra en ese estado!

 

Ellos se fueron. Clotilde Armenta sufrió una desilusión más con la ligereza del

 

alcalde,

 

pues pensaba que debía arrestar a los

 

gemelos hasta esclarecer la verdad. El coronel Aponte le mostró los cuchillos como un

 

argumento final.

 

-Ya no tienen con qué matar a nadie -dijo.

 

-No es por eso -dijo Clotilde Armenta-. Es para librar a esos pobres muc

 

hachos del

 

horrible compromiso que les ha caído encima.

 

Pues ella lo había intuido. Tenía la certidumbre de que los hermanos Vicario no

 

estaban tan ansiosos por cumplir la sentencia como por encontrar a alguien que les

 

hiciera el favor de impedírselo. Pero el coronel Aponte estaba en paz

 

 con su alma.

 

-No se detiene a nadie por sospechas -dijo-. Ahora es cuestión de prevenir a Santiago

 

 

 

Nasar, y feliz año nuevo.

 

Clotilde Armenta recordaría siempre que el talante rechoncho del coronel Aponte le

 

causaba una cierta desdicha, y en cambio yo lo evocaba como un hombre feliz; aunque

 

un poco trastornado por la práctica solitaria del espiritismo aprendido por correo. Su

 

comportamiento de aquel lunes fue la prueba terminante de su frivolidad. La verdad es

 

que no volvió a acordarse de Santiago Nasar hasta que lo vio en el puerto, y entonces se

 

felicitó por haber tomado la decisión justa.

 

Los hermanos Vicario les habían contado sus propósitos a más de

 

 doce personas que

 

fueron a comprar leche, y éstas los habían divulgado por todas partes antes

 

 de las seis.

 

A Clotilde Arrnenta le parecía imposible que no se supiera en la casa de enfrente.

 

Pensaba que Santiago Nasar no estaba allí, pues no había visto encenderse la luz del

 

dormitorio, y a todo el que pudo le pidió prevenirlo donde lo vieran.

 

 Se lo mandó a decir,

 

inclusive, al padre Amador, con la novicia de servicio que fue a comprar la leche para las

 

monjas. Después de las cuatro, cuando vio luces en la cocina de la casa de Plácida

 

Linero, le mandó el último recado urgente a Victoria Guzmán con la pordiosera que iba

 

todos los días a pedir un poco de leche por caridad. Cuando bramó

 

el buque del obispo

 

casi todo el mundo estaba despierto para recibirlo, y éramos muy pocos quienes no

 

sabíamos que los gemelos Vicario estaban esperando a Santiago Nasar para matarlo, y

 

se conocía además el motivo con sus pormenores completos.

 

Clotilde Armenta no había acabado de vender la leche cuando volvieron los herm

 

anos

 

Vicario con otros dos cuchillos envueltos en periódicos. Uno era de d

 

escuartizar, con una

 

hoja oxidada y dura de doce pulgadas de largo por tres de ancho, que había sido

 

fabricado por Pedro Vicario con el metal de una segueta, en una época en que no venían

 

cuchillos alemanes por causa de la guerra. El otro era más corto, per

 

o ancho y curvo. El

 

juez instructor lo dibujó en el sumario, tal vez porque no lo pudo describir, y se arriesgó

 

apenas a indicar que parecía un alfanje en miniatura. Fue con estos cuchillos que se

 

cometió el crimen, y ambos eran rudimentarios y muy usados.

 

Faustino Santos no pudo entender lo que había pasado. «Vinieron a afilar otra vez los

 

cuchillos -me dijo- y volvieron a gritar para que los oyeran que iban a sacarle las tripas a

 

Santiago Nasar, así que yo creí que estaban mamando gallo, sobre todo porqu

 

e no me

 

fijé en los cuchillos, y pensé que eran los mismos.» Esta vez, sin embargo, Clotilde

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

Armenta notó desde que los vio entrar que no llevaban la misma determinación de

 

antes.

 

En realidad, habían tenido la primera discrepancia. No sólo eran mucho más distintos

 

por dentro de lo que parecían por fuera, sino que en emergencias difí

 

ciles tenían

 

caracteres contrarios. Sus amigos lo habíamos advertido desde la escu

 

ela primaria.

 

Pablo Vicario era seis minutos mayor que el hermano, y fue más imagin

 

ativo y resuelto

 

hasta la adolescencia. Pedro Vicario me pareció siempre más sentimental, y por lo

 

mismo más autoritario. Se presentaron juntos para el servicio militar

 

 a los 20 años, y

 

Pablo Vicario fue eximido para que se quedara al frente de la familia. Pedro Vicario

 

cumplió el servicio durante once meses en patrullas de orden públi

 

co. El régimen de

 

tropa, agravado por el miedo de la muerte, le maduró la vocación de mandar y la

 

costumbre de decidir por su hermano. Regresó con una blenorragia de sargento que

 

resistió a los métodos más brutales de la medicina militar, y a las inyecciones de

 

arsénico y las purgaciones de permanganato del doctor Dionisio Iguarán. Sólo en la

 

cárcel lograron sanarlo. Sus amigos estábamos de acuerdo en que Pablo Vicario

 

desarrolló de pronto una dependencia rara de hermano menor cuando Pedro Vicario

 

regresó con un alma cuartelaria y con la novedad de levantarse la cam

 

isa para mostrarle

 

a quien quisiera verla una cicatriz de bala de sedal en el costado izquierdo. Llegó a

 

sentir, inclusive, una especie de fervor ante la blenorragia de hombre grande que su

 

hermano exhibía como una condecoración de guerra.

 

Pedro Vicario, según declaración propia, fue el que tomó la decisión de matar a

 

Santiago Nasar, y al principio su hermano no hizo más que seguirlo. Pero también fue él

 

quien pareció dar por cumplido el compromiso cuando los desarmó el alcalde, y entonces

 

fue Pablo Vicario quien asumió el mando. Ninguno de los dos mencionó este de

 

sacuerdo

 

en sus declaraciones separadas ante el instructor. Pero Pablo Vicario me confirmó varias

 

veces que no le fue fácil convencer al hermano de la resolución fi

 

nal. Tal vez no fuera en

 

realidad sino una ráfaga de pánico, pero el hecho es que Pablo Vicario entró solo en la

 

pocilga a buscar los otros dos cuchillos, mientras el hermano agonizaba

 

gota a gota

 

tratando de orinar bajo los tamarindos. «Mi hermano no supo nunca lo que es eso -me

 

dijo Pedro Vicario en nuestra única entrevista-. Era como orinar vidrio mo

 

lido.» Pablo

 

Vicario lo encontró todavía abrazado del árbol cuando volvió

 

 con los cuchillos. «Estaba

 

sudando frío del dolor -me dijo- y trató de decir que me fuera yo solo porque él no

 

estaba en condiciones de matar a nadie.» Se sentó en uno de los mesones de carpintero

 

que habían puesto bajo los árboles para el almuerzo de la boda, y

 

se bajó los pantalones

 

hasta las rodillas. «Estuvo como media hora cambiándose la gasa co

 

n que llevaba

 

envuelta la pinga», me dijo Pablo Vicario. En realidad no se demoró

 

 más de diez

 

minutos, pero fue algo tan difícil, y tan enigmático para Pablo Vicario, que lo interpretó

 

como una nueva artimaña del hermano para perder el tiempo hasta el amanecer. De

 

modo que le puso el cuchillo en la mano y se lo llevó casi por la fuerza a bus

 

car la honra

 

perdida de la hermana.

 

-Esto no tiene remedio -le dijo-: es como si ya nos hubiera sucedido.

 

Salieron por el portón de la porqueriza con los cuchillos sin envolver, perseguidos por

 

el alboroto de los perros en los patios. Empezaba a aclarar. «No estaba lloviendo»,

 

recordaba Pablo Vicario. «Al contrario -recordaba Pedro-: había viento de mar y to

 

davía

 

las estrellas se podían contar con el dedo.» La noticia estaba ent

 

onces tan bien

 

repartida, que Hortensia Baute abrió la puerta justo cuando ellos pas

 

aban frente a su

 

casa, y fue la, primera que lloró por Santiago Nasar. «Pensé qu

 

e ya lo habían matado

 

-me dijo-, porque vi los cuchillos con la luz del poste y me pareció

 

 que iban chorreando

 

sangre.» Una de las pocas casas que estaban abiertas en esa calle extraviada era la de

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

Prudencia Cotes, la novia de Pablo Vicario. Siempre que los gemelos pasa

 

ban por ahí a

 

esa hora, y en especial los viernes cuando iban para el mercado, entraban a tomar el

 

primer café. Empujaron la puerta del patio, acosados por los perros que los reconocie

 

ron

 

en la penumbra del alba, y saludaron a la madre de Prudencia Cotes en la cocina. Aún

 

no estaba el café.

 

-Lo dejamos para después -dijo Pablo Vicario-, ahora vamos de prisa.

 

 

 

-Me lo imagino, hijos -dijo ella-: el honor no espera.

 

Pero de todos modos esperaron, y entonces fue Pedro Vicario quien pensó que e

 

l

 

hermano estaba perdiendo el tiempo a propósito. Mientras tomaban el café,

 

Prudencia

 

Cotes salió a la cocina en plena adolescencia con un rollo de periódicos viejos para

 

animar la lumbre de la hornilla. «Yo sabía en qué andaban -me d

 

ijo- y no sólo estaba de

 

acuerdo, sino que nunca me hubiera casado con él si no cumplía com

 

o hombre.» Antes

 

de abandonar la cocina, Pablo Vicario le quitó dos secciones de perió

 

dicos y le dio una al

 

hermano para envolver los cuchillos. Prudencia Cotes se quedó esperando en la cocina

 

hasta que los vio salir por la puerta del patio, y siguió esperando durante

 

 tres años sin

 

un instante de desaliento, hasta que Pablo Vicario salió de la cár

 

cel y fue su esposo de

 

toda la vida.

 

-Cuídense mucho -les dijo.

 

De modo que a Clotilde Armenta no le faltaba razón cuando le pareció

 

que los

 

gemelos no estaban tan resueltos como antes, y les sirvió una botella de gordolobo de

 

vaporino con la esperanza de rematarlos. «¡Ese día me di cuenta -me dijo- de lo solas

 

que estamos las mujeres en el mundo!» Pedro Vicario le pidió prest

 

ado los utensilios de

 

afeitar de su marido, y ella le llevó la brocha, el jabón, el espejo de colgar y la máquina

 

con la cuchilla nueva, pero él se afeitó con el cuchillo de destazar. Clotilde Armenta

 

pensaba que eso fue el colmo del machismo. «Parecía un matón de cine», me dijo. Sin

 

 

 

embargo, él me explicó después, y era cierto, que en el cuartel había aprendido a

 

afeitarse con navaja barbera, y nunca más lo pudo hacer de otro modo. Su hermano,

 

por su parte, se afeitó del modo más humilde con la máquina prestada de don Rogelio

 

de la Flor. Por último se bebieron la botella en silencio, muy despac

 

io, contemplando con

 

el aire lelo de los amanecidos la ventana apagada en la casa de enfrente

 

, mientras

 

pasaban clientes fingidos comprando leche sin necesidad y preguntando po

 

r cosas de

 

comer que no existían, con la intención de ver si era cierto que estaban esperando a

 

Santiago Nasar para matarlo.

 

Los hermanos Vicario no verían encenderse esa ventana. Santiago Nasar entró en

 

su

 

casa a las 4.20, pero no tuvo que encender ninguna luz para llegar al dormitorio porque

 

el foco de la escalera permanecía encendido durante la noche. Se tiró

 

 sobre la cama en

 

la oscuridad y con la ropa puesta, pues sólo le quedaba una hora para dormir, y así lo

 

encontró Victoria Guzmán cuando subió a despertarlo para que recibiera al obispo.

 

Habíamos estado juntos en la casa de María Alejandrina Cervantes h

 

asta pasadas las

 

tres, cuando ella misma despachó a los músicos y apagó las luce

 

s del patio de baile para

 

que sus mulatas de placer se acostaran solas a descansar. Hacía tres días

 

con sus

 

noches que trabajaban sin reposo, primero atendiendo en secreto a los in

 

vitados de

 

honor, y después destrampadas a puertas abiertas con los que nos qued

 

amos

 

incompletos con la parranda de la boda. María Alejandrina Cervantes, de quien decíamo

 

s

 

que sólo había de dormir una vez para morir, fue la mujer más elegante y la más tierna

 

que conocí jamás, y la más servicial en la cama, pero tambié

 

n la más severa. Había

 

nacido y crecido aquí, y aquí vivía, en una casa de puertas abiertas con

 

 varios cuartos de

 

alquiler y un enorme patio de baile con calabazos de luz comprados en lo

 

s bazares

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

chinos de Paramaribo. Fue ella quien arrasó con la virginidad de mi generación. Nos

 

enseñó mucho más de lo que debíamos aprender, pero nos enseñó sobre

 

 todo que

 

ningún lugar de la vida es más triste que una canea vacía. Santiago Nasar perdió el

 

sentido desde que la vio por primera vez. Yo lo previne: Halcón que se atreve con garza

 

guerrera, peligros espera. Pero él no me oyó, aturdido por los silbos quiméricos de

 

María Alejandrina Cervantes. Ella fue su pasión desquiciada, su maestra de lágrimas a

 

los 15 años, hasta que Ibrahim Nasar se lo quitó de la cama a correazos y lo encerró

 

más de un año en El Divino Rostro. Desde entonces siguieron vinculados por un afecto

 

serio, pero sin el desorden del amor, y ella le tenía tanto respeto q

 

ue no volvió a

 

acostarse con nadie si él estaba presente. En aquellas últimas vacaciones nos

 

despachaba temprano con el pretexto inverosímil de que estaba cansada

 

, pero dejaba la

 

puerta sin tranca y una luz encendida en el corredor para que yo volviera a entrar en

 

secreto.

 

Santiago Nasar tenía un talento casi mágico para los disfraces, y su diversión

 

predilecta era trastocar la identidad de las mulatas. Saqueaba los roperos de unas para

 

disfrazar a las otras, de modo que todas terminaban por sentirse distintas de sí mismas

 

e iguales a las que no eran. En cierta ocasión, una de ellas se vio repetida en otra con tal

 

acierto, que sufrió una crisis de llanto. «Sentí que me habí

 

a salido del espejo», dijo. Pero

 

aquella noche, María Alejandrina Cervantes no permitió que Santiago Nasar se

 

complaciera por última vez en sus artificios de transformista, y lo h

 

izo con pretextos tan

 

frívolos que el mal sabor de ese recuerdo le cambió la vida. Así

 

 que nos llevamos a los

 

músicos a una ronda de serenatas, y seguirnos la fiesta por nuestra cuenta, mientras los

 

gemelos Vicario esperaban a Santiago Nasar para matarlo. Fue a él a quien se le ocurrió,

 

casi a las cuatro, que subiéramos a la colina del viudo de Xius para

 

cantarles a los recién

 

casados.

 

No sólo les cantamos por las ventanas, sino que tiramos cohetes y reventamos

 

petardos en los jardines, pero no percibimos ni una señal de vida dentro de la quinta. No

 

se nos ocurrió que no hubiera nadie, sobre todo porque el automóvil nuevo estaba en la

 

puerta, todavía con la capota plegada y con las cintas de raso y los macizos de azahares

 

de parafina que les habían colgado en la fiesta. Mi hermano Luis Enrique, que entonces

 

tocaba la guitarra como un profesional, improvisó en honor de los recién casados una

 

canción de equívocos matrimoniales. Hasta entonces no había llo

 

vido. Al contrario, la

 

luna estaba en el centro del cielo, y el aire era diáfano, y en el fondo del precipicio se

 

veía el reguero de luz de los fuegos fatuos en el cementerio. Del otro lado se divisaban

 

los sembrados de plátanos azules bajo la luna, las ciénagas tristes y la línea

 

fosforescente del Caribe en el horizonte. Santiago Nasar señaló una lumbre intermitente

 

en el mar, y nos dijo que era el ánima en pena de un barco negrero que se habí

 

a

 

hundido con un cargamento de esclavos del Senegal frente a la boca grande de

 

Cartagena de Indias. No era posible pensar que tuviera algún malestar

 

 de la conciencia,

 

aunque entonces no sabía que la efímera vida matrimonial de Ángela Vicario había

 

terminado dos horas antes. Bayardo San Román la había llevado a pi

 

e a casa de sus

 

padres para que el ruido del motor no delatara su desgracia antes de tiempo, y estaba

 

otra vez solo y con las luces apagadas en la quinta feliz del viudo de X

 

ius.

 

Cuando bajamos la colina, mi hermano nos invitó a desayunar con pescado frito en las

 

fondas del mercado, pero Santiago Nasar se opuso porque quería dormir

 

 una hora hasta

 

que llegara el obispo. Se fue con Cristo Bedoya por la orilla del río bordeando los tambos

 

de pobres que empezaban a encenderse en el puerto antiguo, y antes de doblar la

 

esquina nos hizo una señal de adiós con la mano. Fue la última

 

vez que lo vimos.

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

Cristo Bedoya, con quien estaba de acuerdo para encontrarse más tarde en el puerto,

 

lo despidió en la entrada posterior de su casa. Los perros le ladraban por costumbre

 

 

 

cuando lo sentían entrar, pero él los apaciguaba en la penumbra co

 

n el campanilleo de

 

las llaves. Victoria Guzmán estaba vigilando la cafetera en el fogón cuando él pasó por la

 

cocina hacia el interior de la casa.

 

-Blanco -lo llamó-: ya va a estar el café.

 

Santiago Nasar le dijo que lo tomaría más tarde, y le pidió decirle a Divina Flor que lo

 

despertara a las cinco y media, y que le llevara una muda de ropa limpia igual a la que

 

llevaba puesta. Un instante después de que él subió a acostarse, Victoria Guzmán recibió

 

el recado de Clotilde Armenta con la pordiosera de la leche. A las 5.30 cumplió la

 

 orden

 

de despertarlo, pero no mandó a Divina Flor sino que subió ella mi

 

sma al dormitorio con

 

el vestido de lino, pues no perdía ninguna ocasión de preservar a la hija contra

 

 las

 

garras del boyardo.

 

María Alejandrina Cervantes había dejado sin tranca la puerta de l

 

a casa. Me despedí

 

de mi hermano, atravesé el corredor donde dormían los gatos de las

 

 mulatas

 

amontonados entre los tulipanes, y empujé sin tocar la puerta del dormitorio. Las luces

 

estaban apagadas, pero tan pronto como entré percibí el olor de mujer tibia y vi los ojos

 

 

 

de leoparda insomne en la oscuridad, y después no volví a saber de

 

 mí mismo hasta que

 

empezaron a sonar las campanas.

 

De paso para nuestra casa, mi hermano entró a comprar cigarrillos en

 

la tienda de

 

Clotilde Armenta. Había bebido tanto, que sus recuerdos de aquel encuentro fueron

 

siempre muy confusos, pero no olvidó nunca el trago mortal que le ofreció Pedro Vicario.

 

«Era candela pura», me dijo. Pablo Vicario, que había empezado a dormirse, desp

 

ertó

 

sobresaltado cuando lo sintió entrar, y le mostró el cuchillo.

 

-Vamos a matar a Santiago Nasar -le dijo.

 

Mi hermano no lo recordaba. «Pero aunque lo recordara no lo hubiera creído -me h

 

a

 

dicho muchas veces-. ¡A quién carajo se le podía ocurrir que lo

 

s gemelos iban a matar a

 

nadie, y menos con un cuchillo de puercos!» Luego le preguntaron dónde esta

 

ba

 

Santiago Nasar, pues los habían visto juntos a las dos, y mi hermano no recordó

 

tampoco su propia respuesta. Pero Clotilde Armenta y los hermanos Vicario se

 

sorprendieron tanto al oírla, que la dejaron establecida en el sumario con declaraciones

 

separadas. Según ellos, mi hermano dijo: «Santiago Nasar está muerto». Después

 

impartió una bendición episcopal, tropezó en el pretil de la puerta y salió dando tumbos.

 

En medio de la plaza se cruzó con el padre Amador. Iba para el puerto con sus ropas de

 

oficiar, seguido por un acólito que tocaba la campanilla y varios ayudantes con el altar

 

para la misa campal del obispo. Al verlos pasar, los hermanos Vicario se santiguaron.

 

Clotilde Armenta me contó que habían perdido las últimas esperanzas cuando el

 

párroco pasó de largo frente a su casa. «Pensé que no habí

 

a recibido mi recado», dijo.

 

Sin embargo, el padre Amador me confesó muchos años después, retirado del mundo en

 

la tenebrosa Casa de Salud de Calafell, que en efecto había recibido el mensaje de

 

Clotilde Armenta, y otros más perentorios, mientras se preparaba para ir al pu

 

erto. «La

 

verdad es que no supe qué hacer -me dijo-. Lo primero que pensé fu

 

e que no era un

 

asunto mío sino de la autoridad civil, pero después resolví decirle algo de pasada a

 

Plácida Linero.» Sin embargo, cuando atravesó la plaza lo habí

 

a olvidado por completo.

 

«Usted tiene que entenderlo -me dijo-: aquel día desgraciado llegaba el obispo.» En el

 

momento del crimen se sintió tan desesperado, y tan indigno de sí mismo, que no se le

 

ocurrió nada más que ordenar que tocaran a fuego.

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

Mi hermano Luis Enrique entró en la casa por la puerta de la cocina,

 

que mi madre

 

dejaba sin cerrojo para que mi padre no nos sintiera entrar. Fue al baño antes de

 

acostarse, pero se durmió sentado en el retrete, y cuando mi hermano Jaime se levantó

 

para ir a la escuela, lo encontró tirado boca abajo en las baldosas, y cantando do

 

rmido.

 

Mi hermana la monja, que no iría a esperar al obispo porque tenía una cruda de cuarenta

 

grados, no consiguió despertarlo. «Estaban dando las cinco cuando

 

fui al baño», me dijo.

 

Más tarde, cuando mi hermana Margot entró a bañarse para ir al

 

puerto, logró llevarlo a

 

duras penas al dormitorio. Desde el otro lado del sueño, oyó sin despert

 

ar los primeros

 

bramidos del buque del obispo. Después se durmió a fondo, rendido por la parranda,

 

hasta que mi hermana la monja entró en el dormitorio tratando de ponerse el hábito a la

 

carrera, y lo despertó con su grito de loca:

 

-¡Mataron a Santiago Nasar!

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

Los estragos de los cuchillos fueron apenas un principio de la autopsia

 

 inclemente que

 

el padre Carmen Amador se vio obligado a hacer por ausencia del doctor Dionisio

 

Iguarán. «Fue como si hubiéramos vuelto a matarlo después de muerto -me dijo el

 

antiguo párroco en su retiro de Calafell-. Pero era una orden del alcalde, y las órdenes

 

de aquel bárbaro, por estúpidas que fueran, había que cumplirla

 

s.» No era del todo

 

justo. En la confusión de aquel lunes absurdo, el coronel Aponte habí

 

a sostenido una

 

conversación telegráfica urgente con el gobernador de la provincia, y éste lo autorizó

 

para que hiciera las diligencias preliminares mientras mandaban un juez

 

instructor. El

 

alcalde había sido antes oficial de tropa sin ninguna experiencia en asuntos de justicia, y

 

era demasiado fatuo para preguntarle a alguien que lo supiera por dónde tenía qu

 

e

 

empezar. Lo primero que lo inquietó fue la autopsia. Cristo Bedoya, que era es

 

tudiante

 

de medicina, logró la dispensa por su amistad íntima con Santiago Nas

 

ar. El alcalde

 

pensó que el cuerpo podía mantenerse refrigerado hasta que regresara el doctor Dionisio

 

Iguarán, pero no encontró nevera de tamaño humano, y la única apropiada en el

 

mercado estaba fuera de servicio. El cuerpo había sido expuesto a la contemplació

 

n

 

pública. en el centro de la sala, tendido sobre un angosto catre de hierro mientras le

 

fabricaban un ataúd de rico. Habían llevado los ventiladores de lo

 

s dormitorios, y

 

algunos de las casas vecinas, pero había tanta gente ansiosa de verlo. que fue preciso

 

apartar los muebles y descolgar las jaulas y las macetas de helechos, y aun así

 

 era

 

insoportable el calor. Además, los perros alborotados por el olor de

 

la muerte

 

aumentaban la zozobra. No habían dejado de aullar desde que yo entré en la casa,

 

cuando Santiago Nasar agonizaba todavía en la cocina, y encontré a Divina

 

 Flor llorando

 

a gritos y manteniéndolos a raya con una tranca.

 

-Ayúdame -me gritó-, que lo que quieren es comerse las tripas.

 

Los encerramos con candado en las pesebreras. Plácida Linero ordenó

 

 más tarde que

 

los llevaran a algún lugar apartado hasta después del entierro. Pero hacia el med

 

io día,

 

nadie supo cómo, se escaparon de donde estaban e irrumpieron enloquecidos en la casa.

 

Plácida Linero, por una vez, perdió los estribos.

 

-¡Estos perros de mierda! -gritó-. ¡Que los maten!

 

La orden se cumplió de inmediato, y la casa volvió a quedar en silencio. Hasta

 

entonces no había temor alguno por el estado del cuerpo. La cara había quedado intacta,

 

con la misma expresión que tenía cuando cantaba, y Cristo Bedoya le había vuelto a

 

colocar las vísceras en su lugar y lo había fajado con una banda de lienzo. Sin embargo,

 

en la tarde empezaron a manar de las heridas unas aguas color de almíbar que atrajeron

 

a las moscas, y una mancha morada le apareció en el bozo y se extendió muy despacio

 

como la sombra de una nube en el agua hasta la raíz del cabello. La cara que siempre

 

fue indulgente adquirió una expresión de enemigo, y su madre se la cubrió con un

 

pañuelo. El coronel Aponte comprendió entonces que ya no era posible esperar, y le

 

ordenó al padre Amador que practicara la autopsia. «Habría sido

 

 peor desenterrarlo

 

después de una semana», dijo. El párroco había hecho la carrera de medi

 

cina y cirugía

 

en Salamanca, pero ingresó en el seminario sin graduarse, y hasta el alcalde sabía que

 

su autopsia carecía de valor legal. Sin embargo, hizo cumplir la orde

 

n.

 

Fue una masacre, consumada en el local de la escuela pública con la ayuda del

 

boticario que tomó las notas, y un estudiante de primer año de medicina que estaba aquí

 

de vacaciones. Sólo dispusieron de algunos instrumentos de cirugía

 

 menor, y el resto

 

 32

 

 

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

fueron hierros de artesanos. Pero al margen de los destrozos en el cuerpo, el i

 

nforme del

 

padre Amador parecía correcto, y el instructor lo incorporó al sum

 

ario como una pieza

 

útil.

 

Siete de las numerosas heridas eran mortales. El hígado estaba casi seccionado por

 

dos perforaciones profundas en la cara anterior. Tenía cuatro incisiones en el estómago,

 

y una de ellas tan profunda que lo atravesó por completo y le destruyó

 

 el páncreas.

 

Tenía otras seis perforaciones menores en el colon trasverso, y mú

 

ltiples heridas en el

 

intestino delgado. La única que tenía en el dorso, a la altura de la tercera vértebra

 

lumbar, le había perforado el riñón derecho. La cavidad abdomin

 

al estaba ocupada por

 

grandes témpanos de sangre, y entre el lodazal de contenido gástrico apareció una

 

medalla de oro de la Virgen del Carmen que Santiago Nasar se había tragado a la

 

edad

 

de cuatro años. La cavidad torácica mostraba dos perforaciones: un

 

a en el segundo

 

espacio intercostal derecho que le alcanzó a interesar el pulmón,

 

 y otra muy cerca de la

 

axila izquierda. Tenía además seis heridas menores en los brazos y las manos, y dos

 

tajos horizontales: uno en el muslo derecho y otro en los músculos del abdomen. Unía

 

una punzada profunda en la palma de la mano derecha. El informe dice: «Parecía un

 

estigma del Crucificado». La masa encefálica pesaba sesenta gramos

 

 más que 1a de un

 

inglés normal, y el padre Amador consignó en el informe que Santiago Nasar tenía una

 

inteligencia superior y un porvenir brillante. Sin embargo, en la nota final señalaba una

 

hipertrofia del hígado que atribuyó a una hepatitis mal curada. «

 

Es decir -me dijo-, que

 

de todos modos le quedaban muy pocos años de vida.» El doctor Dionisio Iguarán

 

, que

 

en efecto le había tratado una hepatitis a Santiago Nasar a los doce años, recordaba

 

indignado aquella autopsia. «Tenía que ser cura para ser tan bruto

 

 -me dijo-. No hubo

 

manera de hacerle entender nunca que la gente del trópico tenemos el híga

 

do más

 

grande que los gallegos.» El informe concluía que la causa de la m

 

uerte fue una

 

hemorragia masiva ocasionada por cualquiera de las siete heridas mayores

 

.

 

Nos devolvieron un cuerpo distinto. La mitad del cráneo había sido destrozado con la

 

trepanación, y el rostro de galán que la muerte había preservado acabó de perder su

 

identidad. Además, el párroco había arrancado de cuajo las ví

 

sceras destazadas, pero al

 

final no supo qué hacer con ellas, y les impartió una bendición de rabia y las tiró

 

 en el

 

balde de la basura. A los últimos curiosos asomados a las ventanas de la escuela

 

pública

 

se les acabó la curiosidad, el ayudante se desvaneció, y el coronel Lázaro Aponte, que

 

había visto y causado tantas masacres de represión, terminó por ser vegetariano

 

además de espiritista. El cascarón vacío, embutido de trapos y

 

cal viva, y cosido a la

 

machota con bramante basto y agujas de enfardelar, estaba a punto de desbaratarse

 

cuando lo pusimos en el ataúd nuevo de seda capitonada. «Pensé que así se conservarí

 

a

 

por más tiempo», me dijo el padre Amador. Sucedió lo contrario: tuvimos que enterrarlo

 

de prisa al amanecer, porque estaba en tan mal estado que ya no era soportable de

 

ntro

 

de la casa.

 

Despuntaba un martes turbio. No tuve valor para dormir solo al término de la jornad

 

a

 

opresiva, y empujé la puerta de la casa de María Alejandrina Cerva

 

ntes por si no había

 

pasado el cerrojo. Los calabazos de luz estaban encendidos en los árb

 

oles, y en el patio

 

de baile había varios fogones de leña con enormes ollas humeantes, donde las mulatas

 

estaban tiñendo de luto sus ropas de parranda. Encontré a María Alejandrina Cervantes

 

despierta como siempre al amanecer, y desnuda por completo como siempre que no

 

había extraños en la casa. Estaba sentada a la turca sobre la cama

 

 de reina frente a un

 

platón babilónico de cosas de comer: costillas de ternera, una gallina hervida, lomo de

 

cerdo, y una guarnición de plátanos y legumbres que hubieran alcan

 

zado para cinco.

 

Comer sin medida fue siempre su único modo de llorar, y nunca la había visto hacerlo

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

con semejante pesadumbre. Me acosté a su lado, vestido, sin hablar apenas, y llorando

 

yo también a mi modo. Pensaba en la ferocidad del destino de Santiago Na

 

sar, que le

 

había cobrado 20 años de dicha no sólo con la muerte, sino además con el

 

descuartizamiento del cuerpo, y con su dispersión y exterminio. Soñ

 

é que una mujer

 

entraba en el cuarto con una niña en brazos, y que ésta ronzaba sin tomar aliento y los

 

granos de maíz a medio mascar le caían en el corpiño. La mujer

 

me dijo: «Ella mastica a

 

la topa tolondra, un poco al desgaire, un poco al desgarriate». De pr

 

onto sentí los dedos

 

ansiosos que me soltaban los botones de la camisa, y sentí el olor peligroso d

 

e la bestia

 

de amor acostada a mis espaldas, y sentí que me hundía en las deli

 

cias de las arenas

 

movedizas de su ternura. Pero se detuvo de golpe, tosió desde muy lejos y se escurrió

 

 

 

de mi vida.

 

-No puedo -dijo-: hueles a él.

 

No sólo yo. Todo siguió oliendo a Santiago Nasar aquel día. Los hermanos Vicario lo

 

sintieron en el calabozo donde los encerró el alcalde mientras se le ocurría qué hacer con

 

ellos. «Por más que me restregaba con jabón y estropajo no podía quitarme el olor», me

 

dijo Pedro Vicario. Llevaban tres noches sin dormir, pero no podían descansar, porque

 

tan pronto como empezaban a dormirse volvían a cometer el crimen. Ya casi viejo,

 

tratando de explicarme su estado de aquel día interminable, Pablo Vicario me dijo

 

 sin

 

ningún esfuerzo: «Era como estar despierto dos veces». Esa fras

 

e me hizo pensar que lo

 

más insoportable para ellos en el calabozo debió haber sido la luc

 

idez.

 

El cuarto tenía tres metros de lado, una claraboya muy alta con barras de hierro, una

 

letrina portátil, un aguamanil con su palangana y su jarra, y dos cam

 

as de mampostería

 

con colchones de estera. El coronel Aponte, bajo cuyo mandato se había construido,

 

decía que no hubo nunca un hotel más humano. Mi hermano Luis Enrique estaba de

 

acuerdo, pues una noche lo encarcelaron por una reyerta de músicos, y el alcalde

 

permitió por caridad que una de las mulatas lo acompañara. Tal vez los hermanos

 

Vicario hubieran pensado lo mismo a las ocho de la mañana, cuando se

 

sintieron a salvo

 

de los árabes. En ese momento los reconfortaba el prestigio de haber cumplido con su

 

ley, y su única inquietud era la persistencia del olor. Pidieron agua

 

 abundante, jabón de

 

monte y estropajo, y se lavaron la sangre de los brazos y la cara, y lavaron ade

 

más las

 

camisas, pero no lograron descansar. Pedro Vicario pidió también s

 

us purgaciones y

 

diuréticos, y un rollo de gasa estéril para cambiarse la venda, y pudo orinar dos veces

 

durante la mañana. Sin embargo, la vida se le fue haciendo tan difícil a medida que

 

avanzaba el día, que el olor pasó a segundo lugar. A las dos de la tarde, c

 

uando hubiera

 

podido fundirlos la modorra del calor, Pedro Vicario estaba tan cansado

 

 que no podía

 

permanecer tendido en la cama, pero el mismo cansancio le impedía man

 

tenerse de pie.

 

El dolor de las ingles le llegaba hasta el cuello, se le cerró la orina, y padeció la

 

certidumbre espantosa de que no volvería a dormir en el resto de su v

 

ida. «Estuve

 

despierto once meses», me dijo, y yo lo conocía bastante bien para saber que era cierto.

 

No pudo almorzar. Pablo Vicario, por su parte, comió un poco de cada cosa que le

 

llevaron, y un cuarto de hora después se desató en una colerina pestilente. A las seis de

 

la tarde, mientra le hacían la autopsia al cadáver de Santiago Nas

 

ar, el alcalde fue

 

llamado de urgencia porque Pedro Vicario estaba convencido de que habían envenenado

 

a su hermano. «Me estaba yendo en aguas -me dijo Pablo Vicario-, y no

 

 podíamos

 

quitarnos la idea de que eran vainas de los turcos.» Hasta entonces había desbordado

 

dos veces la letrina portátil, y el guardián de vista lo había llevado otras

 

 seis al retrete

 

de la alcaldía. Allí lo encontró el coronel Aponte, encañonado

 

por la guardia en el

 

excusado sin puertas, y desaguándose con tanta fluidez que no era absurdo pensar en el

 

veneno. Pero lo descartaron de inmediato, cuando se estableció que sólo había bebido el

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

agua y comido el almuerzo que les mandó Pura Vicario. No obstante, el alca

 

lde quedó

 

tan impresionado, que se llevó a los presos para su casa con una cust

 

odia especial,

 

hasta que vino el juez de instrucción y los trasladó al panópti

 

co de Riohacha.

 

El temor de los gemelos respondía al estado de ánimo de la calle. No se descartaba

 

 

 

una represalia de los árabes, pero nadie, salvo los hermanos Vicario, habla pensado en

 

el veneno. Se suponía más bien que aguardaran la noche para echar

 

gasolina por la

 

claraboya e incendiar a los prisioneros dentro del calabozo. Pero aun ésa era una

 

suposición demasiado fácil. Los árabes constituían una comun

 

idad de inmigrantes

 

pacíficos que se establecieron a principios del siglo en los pueblos

 

 del Caribe, aun en los

 

más remotos y pobres, y allí se quedaron vendiendo trapos de colores y baratijas de

 

feria. Eran unidos, laboriosos y católicos. Se casaban entre ellos, importaban su

 

 trigo,

 

criaban corderos en los patios y cultivaban el orégano y la berenjena

 

, y su única pasión

 

tormentosa eran los juegos de barajas. Los mayores siguieron hablando el

 

 árabe rural

 

que trajeron de su tierra, y lo conservaron intacto en familia hasta la

 

segunda

 

generación, pero los de la tercera, con la excepción de Santiago N

 

asar, les oían a sus

 

padres en árabe y les contestaban en castellano. De modo que no era concebible que

 

fueran a alterar de pronto su espíritu pastoral para vengar una muerte cuyos culpables

 

 

 

podíamos ser todos. En cambio nadie pensó en una represalia de la

 

familia de Plácida

 

Linero, que fueron gentes de poder y de guerra hasta que se les acabó

 

 la fortuna, y que

 

habían engendrado más de dos matones de cantina preservados por la sal de su

 

nombre.

 

El coronel Aponte, preocupado por los rumores, visitó a los árabes familia por familia,

 

y al menos por esa vez sacó una conclusión correcta. Los encontró

 

 perplejos y tristes,

 

con insignias de duelo en sus altares, y alguno s lloraban a gritos sentados en el suelo,

 

pero ninguno abrigaba propósitos de venganza. Las reacciones de la mañana habían

 

surgido al calor del crimen, y sus propios protagonistas admitieron que en ningú

 

n caso

 

habrían pasado de los golpes. Más aún: fue Suseme Abdala, la matriarca cen

 

tenaria,

 

quien recomendó la infusión prodigiosa de flores de pasionaria y a

 

jenjo mayor que segó

 

la colerina de Pablo Vicario y desató a la vez el manantial florido d

 

e su gemelo. Pedro

 

Vicario cayó entonces en un sopor insomne, y el hermano restablecido concilió su primer

 

sueño sin remordimientos. Así los encontró Purísima Vicario a las tres de la madrugada

 

del martes, cuando el alcalde la llevó a despedirse de ellos.

 

Se fue la familia completa, hasta las hijas mayores con sus maridos, por iniciativa del

 

coronel Aponte. Se fueron sin que nadie se diera cuenta, al amparo del agotamiento

 

público, mientras los únicos sobrevivientes despiertos de aquel dí

 

a irreparable

 

estábamos enterrando a Santiago Nasar. Se fueron mientras se calmaban los ánimos,

 

según la decisión del alcalde, pero no regresaron jamás. Pura Vicario le envolvió la cara

 

con un trapo a la hija devuelta para que nadie le viera los golpes, y la vistió

 

 de rojo

 

encendido para que no se imaginaran que le iba guardando luto al amante secreto.

 

Antes de irse le pidió al padre Amador que confesara a los hijos en la cárcel, pero Pedro

 

Vicario se negó, y convenció al hermano de que no tenían nada d

 

e que arrepentirse. Se

 

quedaron solos, y el día del traslado a Riohacha estaban ten repuestos y convencidos de

 

su razón, que no quisieron ser sacados de noche, como hicieron con la

 

 familia, sino a

 

pleno sol y con su propia cara. Poncio Vicario, el padre, murió poco después. «Se lo llevó

 

la pena moral», me dijo Ángela Vicario. Cuando los gemelos fueron absueltos se

 

quedaron en Riohacha, a sólo un día de viaje de Manaure, donde vivía la familia. Allá

 

 fue

 

Prudencia Cotes a casarse con Pablo Vicario, que aprendió el oficio d

 

el oro en el taller de

 

su padre y llegó a ser un orfebre depurado. Pedro Vicario, sin amor ni empleo, se

 

reintegró tres años después a las Fuerzas Armadas, mereció las insignias de sargento

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

primero, y una mañana espléndida su patrulla se internó en terr

 

itorio de guerrillas

 

cantando canciones de putas, y nunca más se supo de ellos.

 

Para la inmensa mayoría sólo hubo una víctima: Bayardo San Romá

 

n. Suponían que

 

los otros protagonistas de la tragedia habían cumplido con dignidad, y hasta con cierta

 

grandeza, la parte de favor que la vida les tenía señalada. Santiago Nasa, había expiado

 

la injuria, los hermanos Vicario habían probado su condición de hombres, y la hermana

 

burlada estaba otra vez en posesión de su honor. El único que lo había perdido todo era

 

Bayardo San Román. «El pobre Bayardo», como se le recordó du

 

rante años. Sin

 

embargo, nadie se había acordado de él hasta después del eclips

 

e de luna, el sábado

 

siguiente, cuando el viudo de Mus le contó al alcalde que había visto un pájaro

 

fosforescente aleteando sobre su antigua casa, y pensaba que era el ánima de su esp

 

osa

 

que andaba reclamando lo suyo. El alcalde se dio en la frente una palmada que no tenía

 

nada que ver con la visión del viudo.

 

-¡Carajo! -gritó-. ¡Se me había olvidado ese pobre hombre!

 

Subió a la colina con una patrulla, y encontró el automóvil descubierto frente a la

 

quinta, y vio una luz solitaria en el dormitorio, pero nadie respondió a sus llamados. Así

 

que forzaron una puerta lateral y recorrieron los cuartos iluminados por los

 

 rescoldos del

 

eclipse. «Las cosas parecían debajo del agua», me contó el alcalde. Bayardo San Román

 

estaba inconsciente en la cama, todavía como lo había visto Pura Vicario en la

 

madrugada del lunes con el pantalón de fantasía y la camisa de seda, pero sin lo

 

s

 

zapatos. Había botellas vacías por el suelo, y muchas más sin a

 

brir junto a la cama, pero

 

ni un rastro de comida. «Estaba en el último grado de intoxicación etílica», me dijo el

 

doctor Dionisio Iguarán, que lo había atendido de emergencia. Pero se recuperó en

 

pocas horas, y tan pronto como recobró la razón los echó a todos de la casa con los

 

mejores modos de que fue capaz.

 

-Que nadie me joda -dijo-. Ni mi papá con sus pelotas de veterano.

 

El alcalde informó del episodio al general Petronio San Román, hasta la última frase

 

literal, con un telegrama alarmante.

 

El general San Román debió tomar al pie de la letra la voluntad del hijo, porque no

 

vino a buscarlo, sino que mandó a la esposa con las hijas, y a otras dos mujeres

 

mayores que parecían ser sus hermanas. Vinieron en un buque de carga, cerradas de

 

luto hasta el cuello por la desgracia de Bayardo San Román, y con los cabellos s

 

ueltos de

 

dolor. Antes de pisar tierra firme se quitaron los zapatos y atravesaron las calles hasta la

 

colina caminando descalzas en el polvo ardiente del medio día, arranc

 

ándose mechones

 

de raíz y llorando con gritos tan desgarradores que parecían de jú

 

bilo. Yo las vi pasar

 

desde el balcón de Magdalena Oliver, y recuerdo haber pensado que un desconsue

 

lo

 

como ése sólo podía fingirse para ocultar otras vergüenzas m

 

ayores.

 

El coronel Lázaro Aponte las acompañó a la casa de la colina, y

 

 luego subió el doctor

 

Dionisio Iguarán en su mula de urgencias. Cuando se alivió el sol, dos hombres del

 

municipio bajaron a Bayardo San Román en una hamaca colgada de un pal

 

o, tapado

 

hasta la cabeza con una manta y con el séquito de plañideras. Magd

 

alena Oliver creyó

 

que estaba muerto.

 

-¡Collons de déu -exclamó-, qué desperdicio!

 

Estaba otra vez postrado por el alcohol, pero costaba creer que lo llevaran vivo,

 

porque el brazo derecho le iba arrastrando por el suelo, y tan pronto como la madre se

 

lo ponía dentro de la hamaca se le volvía a descolgar, de modo que dejó un rastro

 

en la

 

tierra desde la cornisa del precipicio hasta la plataforma del buque. Es

 

o fue lo último que

 

nos quedó de él: un recuerdo de víctima.

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

Dejaron la quinta intacta. Mis hermanos y yo subíamos a explorarla en noches de

 

parranda cuando volvíamos de vacaciones, y cada vez encontrábamos menos cosas de

 

valor en los aposentos abandonados. Una vez rescatamos la maletita de mano que

 

Ángela Vicario le había pedido a su madre la noche de bodas, pero no le dimos ninguna

 

importancia. Lo que encontramos dentro parecían ser los afeites natur

 

ales para la

 

higiene y la belleza de una mujer, y sólo conocí su verdadera utilidad cuando Ángela

 

Vicario me contó muchos años más tarde cuáles fueron los art

 

ificios de comadrona que

 

le habían enseñado para engañar al esposo. Fue el único rastro que dejó en el que fuera

 

su hogar de casada por cinco horas.

 

Años después, cuando volví a buscar los últimos testimonios para est

 

a crónica, no

 

quedaban tampoco ni los rescoldos de la dicha de Yolanda de Xius. Las cosas habían ido

 

desapareciendo poco a poco a pesar de la vigilancia empecinada del coron

 

el Lázaro

 

Aponte, inclusive el escaparate de seis lunas de cuerpo entero que los maestros cantores

 

de Mompox habían tenido que armar dentro de la casa, pues no cabía por las puertas. Al

 

principio, el viudo de Xius estaba encantado pensando que eran recursos póstumos de la

 

esposa para llevarse lo que era suyo. El coronel Lázaro Aponte se burlaba de él. Pero

 

una noche se le ocurrió oficiar una misa de espiritismo para esclarec

 

er el misterio, y el

 

alma de Yolanda de Mus le confirmó de su puño y letra que en efecto era ella quien

 

estaba recuperando para su casa de la muerte los cachivaches de la felicidad. L

 

a quinta

 

empezó a desmigajarse. El coche de bodas se fue desbaratando en la puerta, y al final

 

no quedó sino la carcacha podrida por la intemperie. Durante muchos a

 

ños no se volvió

 

a saber nada de su dueño. Hay una declaración suya en el sumario,

 

pero es tan breve y

 

convencional, que parece remendada a última hora para cumplir con una fórmula

 

ineludible. La única vez que traté de hablar con él, 23 años más tarde, me recibió con

 

una cierta agresividad, y se negó a aportar el dato más ínfimo que

 

permitiera clarificar

 

un poco su participación en el drama. En todo caso, ni siquiera sus p

 

adres sabían de él

 

mucho más que nosotros, ni tenían la menor idea de qué vino a hacer en un pueblo

 

extraviado sin otro propósito aparente que el de casarse con una mujer que no habí

 

a

 

visto nunca.

 

De Ángela Vicario, en cambio, tuve siempre noticias de ráfagas que

 

 me inspiraron una

 

imagen idealizada. Mi hermana la monja anduvo algún tiempo por la alta Guajira

 

tratando de convertir a los últimos idólatras, y solía deteners

 

e a conversar con ella en la

 

aldea abrasada por la sal del Caribe donde su madre había tratado de enterrarla en vida.

 

«Saludos de tu prima», me decía siempre. Mi hermana Margot, que también

 

la visitaba

 

en los primeros años, me contó que habían comprado una casa de material con un patio

 

muy grande de vientos cruzados, cuyo único problema eran las noches d

 

e mareas altas,

 

porque los retretes se desbordaban y los pescados amanecían dando saltos en los

 

dormitorios. Todos los que la vieron en esa época coincidían en que era absorta y diestra

 

en la máquina de bordar, y que a través de su industria había l

 

ogrado el olvido.

 

Mucho después, en una época incierta en que trataba de entender algo de mí mismo

 

vendiendo enciclopedias y libros de medicina por los pueblos de la Guajira, me llegué por

 

casualidad hasta aquel moridero de indios. En la ventana de una casa fre

 

nte al mar,

 

bordando a máquina en la hora de más calor, había una mujer de

 

 medio luto con

 

antiparras de alambre y canas amarillas, y sobre su cabeza estaba colgada una jaula con

 

un canario que no paraba de cantar. Al verla así, dentro del marco idí

 

lico de la ventana,

 

no quise creer que aquella mujer fuera la que yo creía, porque me resist

 

ía a admitir que

 

la vida terminara por parecerse tanto a la mala literatura. Pero era ella: Án

 

gela Vicario

 

23 años después del drama.

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

Me trató igual que siempre, como un primo remoto, y contestó a mis preguntas con

 

muy buen juicio y con sentido del humor. Era tan madura e ingeniosa, que costaba

 

trabajo creer que fuera la misma. Lo que más me sorprendió fue la forma en que habí

 

a

 

terminado por entender su propia vida. Al cabo de pocos minutos ya no me pareció tan

 

envejecida como a primera vista, sino casi tan joven como en el recuerdo, y no tenía

 

nada en común con la que habían obligado a casarse sin amor a los 20 años. Su madre,

 

de una vejez mal entendida, me recibió como a un fantasma difícil.

 

 Se negó a hablar del

 

pasado, y tuve que conformarme para esta crónica con algunas frases sueltas de sus

 

conversaciones con mi madre, y otras pocas rescatadas de mis recuerdos. Había hecho

 

más que lo posible para que Ángela Vicario se muriera en vida, per

 

o la misma hija le

 

malogró los propósitos, porque nunca hizo ningún misterio de su desventura. Al

 

contrario: a todo el que quiso oírla se la contaba con sus pormenores

 

, salvo el que nunca

 

se había de aclarar: quién fue, y cómo y cuándo, el verdadero c

 

ausante de su perjuicio,

 

porque nadie creyó que en realidad hubiera sido Santiago Nasar. Perte

 

necían a dos

 

mundos divergentes. Nadie los vio nunca juntos, y mucho menos solos. San

 

tiago Nasar

 

era demasiado altivo para fijarse en ella. «Tu prima la boba», me decía, cuando tenía

 

que mencionarla. Además, como decíamos entonces, él era un gavilá

 

n pollero. Andaba

 

solo, igual que su padre, cortándole el cogollo a cuanta doncella sin rumbo

 

 empezaba a

 

despuntar por esos montes, pero nunca se le conoció dentro del pueblo otra relació

 

n

 

distinta de la convencional que mantenía con Flora Miguel, y de la tormentosa que lo

 

enloqueció durante catorce meses con María Alejandrina Cervantes.

 

 La versión más

 

corriente, tal vez por ser la más perversa, era que Ángela Vicario

 

 estaba protegiendo a

 

alguien a quien de veras amaba, y había escogido el nombre de Santiago Nasar porque

 

nunca pensó que sus hermanos se atreverían contra él. Yo mismo traté de arrancarle

 

 

 

esta verdad cuando la visité por segunda vez con todos mis argumentos en orden, pero

 

ella apenas si levantó la vista del bordado para rebatirlos.

 

-Ya no le des más vueltas, primo -me dijo-. Fue él.

 

Todo lo demás lo contó sin reticencias, hasta el desastre de la noche de b

 

odas. Contó

 

que sus amigas la habían adiestrado para que emborrachara al esposo en la cama hasta

 

que perdiera el sentido, que aparentara más vergüenza de la que sintiera para que

 

él

 

apagara la luz, que se hiciera un lavado drástico de aguas de alumbre para fingi

 

r la

 

virginidad, y que manchara la sábana con mercurio cromo para que pudi

 

era exhibirla al

 

día siguiente en su patio de recién casada. Sólo dos cosas no tuvieron en cuenta sus

 

coberteras: la excepcional resistencia de bebedor de Bayardo San Román, y la decencia

 

pura que Ángela Vicario llevaba escondida dentro de la estolidez impuesta por su madre.

 

 

 

«No hice nada de lo que me dijeron -me dijo-, porque mientras más lo pensaba más me

 

daba cuenta de que todo aquello era una porquería que no se le podía hacer a nadie, y

 

menos al pobre hombre que había tenido la mala suerte de casarse conmigo.» De modo

 

que se dejó desnudar sin reservas en el dormitorio iluminado, a salvo

 

 ya de todos los

 

miedos aprendidos que le habían malogrado la vida. «Fue muy fác

 

il -me dijo-, porque

 

estaba resuelta a morir.»

 

La verdad es que hablaba de su desventura sin ningún pudor para disimular la otra

 

desventura, la verdadera, que le abrasaba las entrañas. Nadie hubiera sospechado

 

siquiera, hasta que ella se decidió a contármelo, que Bayardo San

 

 Román estaba en su

 

vida para siempre desde que la llevó de regreso a su casa. Fue un golpe de gracia. «De

 

pronto, cuando mamá empezó a pegarme, empecé a acordarme de él», me dijo. Los

 

puñetazos le dolían menos porque sabía que eran por él. Siguió pensando en él con un

 

cierto asombro de sí misma cuando sollozaba tumbada en el sofá del comedor. «No

 

lloraba por los golpes ni por nada de lo que había pasado -me dijo-: lloraba

 

por él.»

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

Seguía pensando en él mientra su madre le ponía compresas de á

 

rnica en la cara, y más

 

aún cuando oyó la gritería en la calle y las campanas de incendio en la torre, y su madre

 

entró a decirle que ahora podía dormir, pues lo peor había pasa

 

do.

 

Llevaba mucho tiempo pensando en él sin ninguna ilusión cuando tuvo que ac

 

ompañar

 

a su madre a un examen de la vista en el hospital de Riohacha. Entraron

 

de pasada en el

 

Hotel del Puerto, a cuyo dueño conocían, y Pura Vicario pidió u

 

n vaso de agua en la

 

cantina. Se lo estaba tomando, de espaldas a la hija, cuando ésta vio

 

 su propio

 

pensamiento reflejado en los espejos repetidos de la sala. Ángela Vicario volvió la cabeza

 

 

 

con el último aliento, y lo vio pasar a su lado sin verla, y lo vio salir del hotel. Luego

 

miró otra vez a su madre con el corazón hecho trizas. Pura Vicario

 

 había acabado de

 

beber, se secó los labios con la manga y le sonrió desde el mostrador con los lentes

 

nuevos. En esa sonrisa, por primera vez desde su nacimiento, Ángela V

 

icario la vio tal

 

como era: una pobre mujer, consagrada al culto de sus defectos. «Mier

 

da», se dijo.

 

Estaba tan trastornada, que hizo todo el viaje de regreso cantando en vo

 

z alta, y se tiró

 

en la cama a llorar durante tres días.

 

Nació de nuevo. «Me volví loca por él -me dijo-, loca de remate.» Le bastaba cerrar

 

los ojos para verlo, lo oía respirar en el mar, la despertaba a media noche el foga

 

je de

 

su cuerpo en la cama. A fines de esa semana, sin haber conseguido un minuto de

 

sosiego, le escribió la primera carta. Fue una esquela convencional, en la cual le contaba

 

que lo había visto salir del hotel, y que le habría gustado que é

 

l la hubiera visto. Esperó

 

en vano una respuesta. Al cabo de dos meses, cansada de esperar, le mandó otra carta

 

en el mismo estilo sesgado de la anterior, cuyo único propósito parec

 

ía ser reprocharle

 

su falta de cortesía. Seis meses después había escrito seis cartas sin r

 

espuestas, pero se

 

conformó con la comprobación de que él las estaba recibiendo.

 

Dueña por primera vez de su destino, Ángela Vicario descubrió entonces que el odio y

 

el amor son pasiones recíprocas. Cuantas más cartas mandaba, má

 

s encendía las brasas

 

de su fiebre, pero más calentaba también el rencor feliz que sentí

 

a contra su madre. «Se

 

me revolvían las tripas de sólo verla -me dijo-, pero no podía verla sin acordarme de é

 

l.»

 

Su vida de casada devuelta seguía siendo tan simple corno la de solte

 

ra, siempre

 

bordando a máquina con sus amigas como antes hizo tulipanes de trapo y pája

 

ros de

 

papel, pero cuando su madre se acostaba permanecía en el cuarto escribiendo carta

 

s sin

 

porvenir hasta la madrugada. Se volvió lúcida, imperiosa, maestra de su alb

 

edrío, y

 

volvió a ser virgen sólo para él, y no reconoció otra autori

 

dad que la suya ni más

 

servidumbre que la de su obsesión.

 

Escribió una carta semanal durante media vida. «A veces no se me ocurría qué decir

 

 

 

-me dijo muerta de risa-, pero me bastaba con saber que él las estaba recibiendo.» Al

 

principio fueron esquelas de compromiso, después fueron papelitos de amante furtiva,

 

billetes perfumados de novia fugaz, memoriales de negocios, documentos d

 

e amor, y por

 

último fueron las cartas indignas de una esposa abandonada que se inventaba

 

enfermedades crueles para obligarlo a volver. Una noche de buen humor se le derramó

 

el tintero sobre la carta terminada, y en vez de romperla le agregó una posdata: «En

 

prueba de mi amor te envío mis lágrimas». En ocasiones, cansada de llorar, se burlaba

 

de su propia locura. Seis veces cambiaron la empleada del correo, y seis

 

 veces consiguió

 

su complicidad. Lo único que no se le ocurrió fue renunciar. Sin embargo, él parecía

 

insensible a su delirio: era como escribirle a nadie.

 

Una madrugada de vientos, por el año décimo, la despertó la certidumbre de que él

 

estaba desnudo en su cama. Le escribió entonces una carta febril de v

 

einte pliegos en la

 

que soltó sin pudor las verdades amargas que llevaba podridas en el corazón desde su

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

noche funesta. Le habló de las lacras eternas que él había deja

 

do en su cuerpo, de la sal

 

de su lengua, de la trilla de fuego de su verga africana. Se la entregó

 

 a la empleada del

 

correo, que iba los viernes en la tarde a bordar con ella para llevarse

 

las cartas, y se

 

quedó convencida de que aquel desahogo terminal seria el último de su agoní

 

a. Pero no

 

hubo respuesta. A partir de entonces ya no era consciente de lo que escribía, ni a quién

 

le escribía a ciencia cierta, pero siguió escribiendo sin cuartel

 

durante diecisiete años.

 

Un medio día de agosto, mientras bordaba con sus amigas, sintió que alguien

 

 llegaba

 

a la puerta. No tuvo que mirar para saber quién era. «Estaba gordo

 

 y se le empezaba a

 

caer el pelo, y ya necesitaba espejuelos para ver de cerca -me dijo-. ¡Pero era él, c

 

arajo,

 

era él!» Se asustó, porque sabía que él la estaba viendo tan disminuida como ella lo

 

estaba viendo a él, y no creía que tuviera dentro tanto amor como ella para soportarlo.

 

Tenía la camisa empapada de sudor, como lo había visto la primera

 

vez en la feria, y

 

llevaba la misma correa y las mismas alforjas de cuero descosido con adornos de plata.

 

Bayardo San

 

Román dio un paso adelante, sin ocuparse de las otras bordadoras atónitas, y pu

 

so las

 

alforjas en la máquina de coser.

 

-Bueno -dijo-, aquí estoy.

 

Llevaba la maleta de la ropa para quedarse, y otra maleta igual con casi dos mil

 

cartas que ella le había escrito. Estaban ordenadas por sus fechas, en paquetes cosidos

 

con cintas de colores, y todas sin abrir.

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

Durante años no pudimos hablar de otra cosa. Nuestra conducta diaria, dominada

 

hasta entonces por tantos hábitos lineales, había empezado a girar de golpe en torno de

 

una misma ansiedad común. Nos sorprendían los gallos del amanecer tratando d

 

e

 

ordenar las numerosas casualidades encadenadas que habían hecho posible el absurdo,

 

y era evidente que no lo hacíamos por un anhelo de esclarecer misterios, sino porque

 

ninguno de nosotros podía seguir viviendo sin saber con exactitud cuál era el sitio y la

 

misión que le había asignado la fatalidad.

 

Muchos se quedaron sin saberlo. Cristo Bedoya, que llegó a ser un cirujano notable,

 

no pudo explicarse nunca por qué cedió al impulso de esperar dos horas donde sus

 

abuelos hasta que llegara el obispo, en vez de irse a descansar en la casa de sus padres,

 

que lo estuvieron esperando hasta el amanecer para alertarlo. Pero la mayoría de

 

quienes pudieron hacer algo por impedir el crimen y sin embargo no lo hicieron, se

 

consolaron con el pretexto de que los asuntos de honor son estancos sagrados a los

 

 

 

cuales sólo tienen acceso los dueños del drama. «La honra es el amor», le o

 

ía decir a mi

 

madre. Hortensia Baute, cuya única participación fue haber visto ensangrentados dos

 

cuchillos que todavía no lo estaban, se sintió tan afectada por la alucinación que cayó en

 

una crisis de penitencia, y un día no pudo soportarla más y se echó desnuda a las calles.

 

Flora Miguel, la novia de Santiago Nasar, se fugó por despecho con un

 

 teniente de

 

fronteras que la prostituyó entre los caucheros de Vichada. Aura Villeros, la comadrona

 

que había ayudado a nacer a tres generaciones, sufrió un espasmo de la vejiga cuando

 

conoció la noticia, y hasta el día de su muerte necesitó una so

 

nda para orinar. Don

 

Rogelio de la Flor, el buen marido de Clotilde Armenta, que era un prodigio de vitalidad a

 

los 86 años, se levantó por última vez para ver cómo desguaz

 

aban a Santiago Nasar

 

contra la puerta cerrada de su propia casa, y no sobrevivió a la conmoción. Plácida

 

Linero había cerrado esa puerta en el último instante, pero se lib

 

eró a tiempo de la

 

culpa. «La cerré porque Divina Flor me juró que había visto entrar a mi hijo -me contó-,

 

y no era cierto.» Por el contrario, nunca se perdonó el haber confundido el augurio

 

magnífico de los árboles con el infausto de los pájaros, y sucumbió a la

 

perniciosa

 

costumbre de su tiempo de masticar semillas de cardamina.

 

Doce días después del crimen, el instructor del sumario se encontró con un pueblo en

 

carne viva. En la sórdida oficina de tablas del Palacio Municipal, bebiendo café de olla

 

con ron de caña contra los espejismos del calor, tuvo que pedir tropas de refuerzo para

 

 

 

encauzar a la muchedumbre que se precipitaba a declarar sin ser llamada, ansiosa de

 

exhibir su propia importancia en el drama. Acababa de graduarse, y llevaba todav

 

ía el

 

vestido de paño negro de la Escuela de Leyes, y el anillo de oro con el emblema de su

 

promoción, y las ínfulas y el lirismo del primíparo feliz. Pero nunca supe su nombre.

 

Todo lo que sabemos de su carácter es aprendido en el sumario, que numerosas

 

personas me ayudaron a buscar veinte años después del crimen en el Palacio de justicia

 

de Riohacha. No existía clasificación alguna en los archivos, y má

 

s de un siglo de

 

expedientes estaban amontonados en el suelo del decrépito edificio colonial que fuera

 

por dos días el cuartel general de Francis Drake. La planta baja se inundaba con el mar

 

de leva, y los volúmenes descosidos flotaban en las oficinas desiertas.

 

Yo mismo exploré

 

muchas veces con las aguas hasta los tobillos aquel estanque de causas perdidas, y sólo

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

una casualidad me permitió rescatar al cabo de cinco años de búsqueda unos 322

 

pliegos salteados de los más de 500 que debió de tener el sumario.

 

 

 

El nombre del juez no apareció en ninguno, pero es evidente que era un hombre

 

abrasado por la fiebre de la literatura. Sin duda había leído a los clásicos españoles, y

 

algunos latinos, y conocía muy bien a Nietzsche, que era el autor de

 

moda entre los

 

magistrados de su tiempo. Las notas marginales, y no sólo por el color de la tinta,

 

parecían escritas con sangre. Estaba tan perplejo con el enigma que le había tocado en

 

suerte, que muchas veces incurrió en distracciones líricas contrarias al rigor de su

 

ciencia. Sobre todo, nunca le pareció legítimo que la vida se sirviera de tantas

 

casualidades prohibidas a la literatura, para que se cumpliera sin tropiezos una muerte

 

tan anunciada.

 

Sin embargo, lo que más le había alarmado al final de su diligencia excesiva fue no

 

haber encontrado un solo indicio, ni siquiera el menos verosímil, de que Santiago Nasar

 

hubiera sido en realidad el causante del agravio. Las amigas de Ángela Vicario que

 

habían sido sus cómplices en el engaño siguieron contando duran

 

te mucho tiempo que

 

ella las había hecho partícipes de su secreto desde antes de la boda, pero no les había

 

revelado ningún nombre. En el sumario declararon: «Nos dijo el milagro pero no el

 

santo». Ángela Vicario, por su parte, se mantuvo en su sitio. Cuando el juez instructor le

 

preguntó con su estilo lateral si sabía quién era el difunto Santiago Nasar, ella le

 

contestó impasible:

 

-Fue mi autor.

 

Así consta en el sumario, pero sin ninguna otra precisión de modo ni de lugar.

 

Durante el juicio, que sólo duró tres días, el representante de

 

 la parte civil puso su

 

mayor empeño en la debilidad de ese cargo. Era tal la perplejidad del juez instructor

 

ante la falta de pruebas contra Santiago Nasar, que su buena labor parece por

 

momentos desvirtuada por la desilusión. En el folio 416, de su puño y letra y con la tinta

 

roja del boticario, escribió una nota marginal: Dadme un prejuicio y moveré el mundo.

 

Debajo de esa paráfrasis de desaliento, con un trazo feliz de la misma tinta de sangre,

 

dibujó un corazón atravesado por una flecha. Para él, como para los amigos m

 

ás

 

cercanos de Santiago Nasar, el propio comportamiento de éste en las últimas horas fue

 

una prueba terminante de su inocencia.

 

La mañana de su muerte, en efecto, Santiago Nasar no había tenido un

 

instante de

 

duda, a pesar de que sabía muy bien cuál hubiera sido el precio de la inju

 

ria que le

 

imputaban. Conocía la índole mojigata de su mundo, y debía saber que la naturaleza

 

simple de los gemelos no era capaz de resistir al escarnio. Nadie conocía muy bien

 

a

 

Bayardo San Román, pero Santiago Nasar lo conocía bastante para saber que debajo de

 

sus ínfulas mundanas estaba tan subordinado como cualquier otro a sus prejuicios de

 

origen. De manera que su despreocupación consciente hubiera sido suic

 

ida. Además,

 

cuando supo por fin en el último instante que los hermanos Vicario lo

 

 estaban esperando

 

para matarlo, su reacción no fue de pánico, como tanto se ha dicho, sin

 

o que fue más

 

bien el desconcierto de la inocencia.

 

Mi impresión personal es que murió sin entender su muerte. Despué

 

s de que le

 

prometió a mi hermana Margot que iría a desayunar a nuestra casa, Cristo Bedoya se lo

 

llevó del brazo por el muelle, y ambos parecían tan desprevenidos

 

 que suscitaron

 

ilusiones falsas. «Iban tan contentos -me dijo Meme Loaiza-, que le di gracias a Dios,

 

porque pensé que el asunto se había arreglado.» No todos querían tanto a Santiago

 

Nasar, por supuesto. Polo Carrillo, el dueño de la planta eléctrica, pensaba

 

que su

 

serenidad no era inocencia sino cinismo. «Creía que su plata lo hacía intocable», me

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

dijo. Fausta López, su mujer, comentó: «Como todos los turcos». Indalecio Pardo

 

acababa de pasar por la tienda de Clotilde Armenta, y los gemelos le habían dicho que

 

tan pronto como se fuera el obispo matarían a Santiago Nasar. Pensó, como tantos

 

otros, que eran fantasías de amanecidos, pero Clotilde Armenta le hizo ver que era

 

cierto, y le pidió que alcanzara a Santiago Nasar para prevenirlo.

 

-Ni te moleste -le dijo Pedro Vicario-: de todos modos es como si ya est

 

uviera muerto.

 

Era un desafío demasiado evidente. Los gemelos conocían los vínculo

 

s de Indalecio

 

Pardo y Santiago Nasar, y debieron pensar que era la persona adecuada para impedir el

 

crimen sin que ellos quedaran en vergüenza. Pero Indalecio Pardo encontró a Santi

 

ago

 

Nasar llevado del brazo por Cristo Bedoya entre los grupos que abandonaban el puerto,

 

 

 

y no se atrevió a prevenirlo. «Se me aflojó la pasta», me dijo. Le dio una palmada en el

 

hombro a cada uno, y los dejó seguir. Ellos apenas lo advirtieron, pues continuaban

 

abismados en las cuentas de la boda.

 

La gente se dispersaba hacia la plaza en el mismo sentido que ellos. Era una multitud

 

apretada, pero Escolástica Cisneros creyó observar que los dos amigos caminaban en el

 

centro sin dificultad, dentro de un círculo vacío, porque la gente sabía que Santiago

 

Nasar iba a morir, y no se atrevían a tocarlo. También Cristo Bedoya recordaba una

 

actitud distinta hacia ellos. «Nos miraban como si lleváramos la c

 

ara pintada», me dijo.

 

Más aún: Sara Noriega abrió su tienda de zapatos en el momento en que ellos pasaban,

 

y se espantó con la palidez de Santiago Nasar. Pero él la tranquil

 

izó.

 

-¡Imagínese, niña Sara -le dijo sin detenerse-, con este guayab

 

o!

 

Celeste Dangond estaba sentado en piyama en la puerta de su casa, burlándose de los

 

que se quedaron vestidos para saludar al obispo, e invitó a Santiago Nasar a tomar café.

 

«Fue para ganar tiempo mientras pensaba», me dijo. Pero Santiago Nasar le contestó

 

 

 

que iba de prisa a cambiarse de ropa para desayunar con mi hermana. «Me hice bolas

 

-me explicó Celeste Dangond- pues de pronto me pareció que no podían matarlo si

 

estaba tan seguro de lo que iba a hacer.» Yamil Shaium fue el único que hizo lo que

 

se

 

había propuesto. Tan pronto como conoció el rumor salió a la pu

 

erta de su tienda de

 

géneros y esperó a Santiago Nasar para prevenirlo. Era uno de los últimos árabes que

 

llegaron con Ibrahim Nasar, fue su socio de barajas hasta la muerte, y seguía siendo el

 

consejero hereditario de la familia. Nadie tenía tanta autoridad como

 

 él para hablar con

 

Santiago Nasar. Sin embargo, pensaba que si el rumor era infundado le iba a causar una

 

alarma inútil, y prefirió consultarlo primero con Cristo Bedoya por si éste estaba mejor

 

informado. Lo llamó al pasar. Cristo Bedoya le dio una palmadita en la espalda a

 

Santiago Nasar, ya en la esquina de la plaza, y acudió al llamado de

 

Yamil Shaium.

 

-Hasta el sábado -le dijo.

 

Santiago Nasar no le contestó, sino que se dirigió en árabe a Yamil Shaium y éste le

 

replicó también en árabe, torciéndose de risa. «Era un juego de palabras con qu

 

e nos

 

divertíamos siempre», me dijo Yamil Shaium. Sin detenerse, Santiag

 

o Nasar les hizo a

 

ambos su señal de adiós con la mano y dobló la esquina de la plaza. Fue la última vez

 

que lo vieron.

 

Cristo Bedoya tuvo tiempo apenas de escuchar la información de Yamil Shaium

 

 

 

cuando salió corriendo de la tienda para alcanzar a Santiago Nasar. Lo había visto doblar

 

la esquina, pero no lo encontró entre los grupos que empezaban a dispersarse en la

 

plaza. Varias personas a quienes les preguntó por él le dieron la

 

misma respuesta:

 

-Acabo de verlo contigo.

 

Le pareció imposible que hubiera llegado a su casa en tan poco tiempo, pero de todos

 

modos entró a preguntar por él, pues encontró sin tranca y entreabierta la pue

 

rta del

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

frente. Entró sin ver el papel en el suelo, y atravesó la sala en penumbra tratando de no

 

hacer ruido, porque aún era demasiado temprano para visitas, pero los

 

 perros se

 

alborotaron en el fondo de la casa y salieron a su encuentro. Los calmó

 

 con las llaves,

 

como lo había aprendido del dueño, y siguió acosado por ellos h

 

asta la cocina. En el

 

corredor se cruzó con Divina Flor que llevaba un cubo de agua y un trapero para pulir los

 

pisos de la sala. Ella le aseguró que Santiago Nasar no había vuelto. Victoria Guzmán

 

acababa de poner en el fogón el guiso de conejos cuando él entró en la cocina. Ella

 

comprendió de inmediato.

 

«El corazón se le estaba saliendo por la boca», me dijo. Cristo Bedoya le preguntó

 

 si

 

Santiago Nasar estaba en casa, y ella le contestó con un candor fingido que aú

 

n no

 

había llegado a dormir. .

 

-Es en serio -le dijo Cristo Bedoya-, lo están buscando para matarlo.

 

 

 

A Victoria Guzmán se le olvidó el candor.

 

-Esos pobres muchachos no matan a nadie -dijo.

 

-Están bebiendo desde el sábado -dijo Cristo Bedoya.

 

-Por lo mismo -replicó ella-: no hay borracho que se coma su propia c

 

aca.

 

Cristo Bedoya volvió a la sala, donde Divina Flor acababa de abrir las venta

 

nas. «Por

 

supuesto que no estaba lloviendo -me dijo Cristo Bedoya-. Apenas iban a ser las siete, y

 

ya entraba un sol dorado por las ventanas.» Le volvió a preguntar

 

a Divina Flor si estaba

 

segura de que Santiago Nasar no había entrado por la puerta de la sala. Ella no estuvo

 

entonces tan segura como la primera vez. Le preguntó por Plácida Linero, y ella le

 

contestó que hacía un momento le había puesto el café en la mesa de noche, pero no la

 

había despertado. Así era siempre: despertaría a las siete, se

 

tomaría el café, y bajaría a

 

dar las instrucciones para el almuerzo. Cristo Bedoya miró el reloj:

 

 eran las 6.56.

 

Entonces subió al segundo piso para convencerse de que Santiago Nasar no había

 

entrado.

 

La puerta del dormitorio estaba cerrada por dentro, porque Santiago Nasar había

 

salido a través del dormitorio de su madre. Cristo Bedoya no sólo

 

conocía la casa tan

 

bien como la suya, sino que tenía tanta confianza con la familia que

 

empujó la puerta del

 

dormitorio de Plácida Linero para pasar desde allí al dormitorio contiguo. Un haz de sol

 

polvoriento entraba por la claraboya, y la hermosa mujer dormida en la hamaca, de

 

costado, con la mano de novia en la mejilla, tenía un aspecto irreal. «Fue como una

 

aparición», me dijo Cristo Bedoya. La contempló un instante, fa

 

scinado por su belleza, y

 

luego atravesó el dormitorio en silencio, pasó de largo frente al

 

baño, y entró en el

 

dormitorio de Santiago Nasar. La cama seguía intacta, y en el silló

 

n estaba el sombrero

 

de jinete, y en el suelo estaban las botas junto a las espuelas. En la mesa de noche el

 

reloj de pulsera de Santiago Nasar marcaba las 6.58. «De pronto pensé

 

 que había vuelto

 

a salir armado», me dijo Cristo Bedoya. Pero encontró la magnum en

 

 la gaveta de la

 

mesa de noche. «Nunca había disparado un arma -me dijo Cristo Bedoya-, pero resolví

 

coger el revólver para llevárselo a Santiago Nasar.» Se lo ajus

 

tó en el cinturón, por

 

dentro de la camisa, y sólo después del crimen se dio cuenta de que estaba desc

 

argado.

 

Plácida Linero apareció en la puerta con el pocillo de café en el momento en que él

 

cerraba la gaveta.

 

-¡Santo Dios -exclamó ella-, qué susto me has dado!

 

Cristo Bedoya también se asustó. La vio a plena luz, con una bata

 

 de alondras

 

doradas y el cabello revuelto, y el encanto se había desvanecido. Explicó un poco

 

confuso que había entrado a buscar a Santiago Nasar.

 

-Se fue a recibir al obispo -dijo Plácida Linero.

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

-Pasó de largo -dijo él.

 

-Lo suponía -dijo ella-. Es el hijo de la peor madre.

 

No siguió, porque en ese momento se dio cuenta de que Cristo Bedoya no sabía dónde

 

poner el cuerpo. «Espero que Dios me haya perdonado -me dijo Plácida Linero-, pero lo

 

vi tan confundido que de pronto se me ocurrió que había entrado a robar.» Le preguntó

 

qué le pasaba. Cristo Bedoya era consciente de estar en una situació

 

n sospechosa, pero

 

no tuvo valor para revelarle la verdad.

 

-Es que no he dormido ni un minuto -le dijo.

 

Se fue sin más explicaciones. «De todos modos -me dijo- ella siempre se i

 

maginaba

 

que le estaban robando.» En la plaza se encontró con el padre Amador que regresaba a

 

la iglesia con los ornamentos de la misa frustrada, pero no le pareció que pudiera hacer

 

por Santiago Nasar nada distinto de salvarle el alma. Iba otra vez hacia

 

 el puerto cuando

 

sintió que lo llamaban desde la tienda de Clotilde Armenta. Pedro Vicario estaba en la

 

puerta, lívido y desgreñado, con la camisa abierta y las mangas enrolladas hasta los

 

codos, y con el cuchillo basto que él mismo había fabricado con una hoja de segueta. Su

 

actitud era demasiado insolente para ser casual, y sin embargo no fue la única ni la más

 

visible que intentó en los últimos minutos para que le impidieran

 

cometer el crimen.

 

-Cristóbal -gritó-: dile a Santiago Nasar que aquí lo estamos e

 

sperando para matarlo.

 

Cristo Bedoya le habría hecho el favor de impedírselo. «Si yo hubiera sabido disparar

 

un revólver, Santiago Nasar estaría vivo», me dijo. Pero la sola idea lo impres

 

ionó,

 

después de todo lo que había oído decir sobre la potencia devastadora de una bala

 

 

 

blindada.

 

-Te advierto que está armado con una magnum capaz de atravesar un mot

 

or -gritó.

 

Pedro Vicario sabía que no era cierto. «Nunca estaba armado si no llevaba ropa de

 

montar», me dijo. Pero de todos modos había previsto que lo estuvi

 

era cuando tomó la

 

decisión de lavar la honra de la hermana.

 

-Los muertos no disparan -gritó.

 

Pablo Vicario apareció entonces en la puerta. Estaba tan pálido co

 

mo el hermano, y

 

tenía puesta la chaqueta de la boda y el cuchillo envuelto en el periódico. «Si no hubiera

 

 

 

sido por eso -me dijo Cristo Bedoya-, nunca hubiera sabido cuál de lo

 

s dos era cuál.»

 

Clotilde Armenta apareció detrás de Pablo Vicario, y le gritó a

 

 Cristo Bedoya que se diera

 

prisa, porque en este pueblo de maricas sólo un hombre como él pod

 

ía impedir la

 

tragedia.

 

Todo lo que ocurrió a partir de entonces fue del dominio público.

 

La gente que

 

regresaba del puerto, alertada por los gritos, empezó a tomar posicio

 

nes en la plaza

 

para presenciar el crimen. Cristo Bedoya les preguntó a varios conocidos por Santiago

 

Nasar, pero nadie lo había visto. En la puerta del Club Social se encontró con el coron

 

el

 

Lázaro Aponte y le contó lo que acababa de ocurrir frente a la tienda de Clotilde

 

Armenta.

 

-No puede ser -dijo el coronel Aponte-, porque yo los mandé a dormir.

 

 

 

Acabo de verlos con un cuchillo de matar puercos -dijo Cristo Bedoya.

 

-No puede ser, porque yo se los quité antes de mandarlos a dormir -dijo el alcalde-.

 

Debe ser que los viste antes de eso.

 

-Los vi hace dos minutos y cada uno tenía un cuchillo de matar puercos -dijo Cristo

 

Bedoya.

 

-¡Ah carajo -dijo el alcalde-, entonces debió ser que volvieron co

 

n otros!

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

Prometió ocuparse de eso al instante, pero entró en el Club Social

 

 a confirmar una cita

 

de dominó para esa noche, y cuando volvió a salir ya estaba consum

 

ado el crimen.

 

Cristo Bedoya cometió entonces su único error mortal: pensó que Santiago Nasar había

 

 

 

resuelto a última hora desayunar en nuestra casa antes de cambiarse de ropa, y

 

 allá se

 

fue a buscarlo. Se apresuró por la orilla del río, preguntándol

 

e a todo el que encontraba

 

si lo habían visto pasar, pero nadie le dio razón. No se alarmó

 

, porque había otros

 

caminos para nuestra casa. Próspera Arango, la cachaca, le suplicó que hiciera algo por

 

su padre que estaba agonizando en el sardinel de su casa, inmune a la bendición fu

 

gaz

 

del obispo. «Yo lo había visto al pasar -me dijo mi hermana Margot-, y ya tenía cara de

 

muerto.» Cristo Bedoya demoró cuatro minutos en establecer el estado del enfermo, y

 

prometió volver más tarde para un recurso de urgencia, pero perdió tres minutos más

 

ayudando a Próspera Arango a llevarlo hasta el dormitorio. Cuando volvió a salir sintió

 

gritos remotos y le pareció que estaban reventando cohetes por el rumbo de la plaza.

 

Trató de correr, pero se lo impidió el revólver mal ajustado en la cintura. Al doblar la

 

última esquina reconoció de espaldas a mi madre que llevaba casi a rastras al hijo

 

menor.

 

-Luisa Santiaga -le gritó-: dónde está su ahijado.

 

Mi madre se volvió apenas con la cara bañada en lágrimas.

 

-¡Ay, hijo -contestó-, dicen que lo mataron!

 

Así era. Mientras Cristo Bedoya lo buscaba, Santiago Nasar había e

 

ntrado en la casa

 

de Flora Miguel, su novia, justo a la vuelta de la esquina donde él lo vio por última vez.

 

«No se me ocurrió que estuviera ahí -me dijo- porque esa gente no se levantaba nunca

 

antes de medio día.» Era una versión corriente que la familia e

 

ntera dormía hasta las

 

doce por orden de Nahir Miguel, el varón sabio de la comunidad. «Por eso Fl

 

ora Miguel,

 

que ya no se cocinaba en dos aguas, se mantenía como una rosa», dice Mercedes. La

 

verdad es que dejaban la casa cerrada hasta muy tarde, como tantas otras, pero eran

 

gentes tempraneras y laboriosas. Los padres de Santiago Nasar y Flora Mi

 

guel se habían

 

puesto de acuerdo para casarlos. Santiago Nasar aceptó el compromiso en plen

 

a

 

adolescencia, y estaba resuelto a cumplirlo, tal vez porque tenía del matrimonio la

 

 

 

misma concepción utilitaria que su padre. Flora Miguel, por su parte, gozaba de una

 

cierta condición floral, pero carecía de gracia y de juicio y había servido de madrina de

 

bodas a toda su generación, de modo que el convenio fue para ella una

 

 solución

 

providencial. Tenían un noviazgo fácil, sin visitas formales ni inquietudes del corazón

 

. La

 

boda varias veces diferida estaba fijada por fin para la próxima Navi

 

dad.

 

Flora Miguel despertó aquel lunes con los primeros bramidos del buque del obispo, y

 

muy poco después se enteró de que los gemelos Vicario estaban esperando a S

 

antiago

 

Nasar para matarlo. A mi hermana la monja, la única que habló con

 

ella después de la

 

desgracia, le dijo que no recordaba siquiera quién se lo había dic

 

ho. «Sólo sé que a las

 

seis de la mañana todo el mundo lo sabía», le dijo. Sin embargo

 

, le pareció inconcebible

 

que a Santiago Nasar lo fueran a matar, y en cambio se le ocurrió que lo iban a casar a

 

la fuerza con Ángela Vicario para que le devolviera la honra. Sufrió una crisis de

 

humillación. Mientras medio pueblo esperaba al obispo, ella estaba en

 

 su dormitorio

 

llorando de rabia, y poniendo en orden el cofre de las cartas que Santiago Nasar le había

 

mandado desde el colegio.

 

Siempre que pasaba por la casa de Flora Miguel, aunque no hubiera nadie,

 

 Santiago

 

Nasar raspaba con las llaves la tela metálica de las ventanas. Aquel

 

lunes, ella lo estaba

 

esperando con el cofre de cartas en el regazo. Santiago Nasar no podí

 

a verla desde la

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

calle, pero en cambio ella lo vio acercarse a través de la red metá

 

lica desde antes de que

 

la raspara con las llaves.

 

-Entra -le dijo.

 

Nadie, ni siquiera un médico, había entrado en esa casa a las 6.45 de la mañ

 

ana.

 

Santiago Nasar acababa de dejar a Cristo Bedoya en la tienda de Yamil Shaium, y había

 

tanta gente pendiente de él en la plaza, que no era comprensible que nadie lo viera

 

entrar en casa de su novia. El juez instructor buscó siquiera una persona que lo hubiera

 

visto, y lo hizo con tanta persistencia como yo, pero no fue posible encontrarla. En el

 

folio 382 del sumario escribió otra sentencia marginal con tinta roja: La fatalidad nos

 

hace invisibles. El hecho es que Santiago Nasar entró por la puerta principal, a la vista

 

de todos, y sin hacer nada por no ser visto. Flora Miguel lo esperaba en la sala, verde

 

de

 

cólera, con uno de los vestidos de arandelas infortunadas que solía llevar en

 

 las

 

ocasiones memorables, y le puso el cofre en las manos.

 

Aquí tienes -le dijo-. ¡Y ojalá te maten!

 

Santiago Nasar quedó tan perplejo, que el cofre se le cayó de las manos, y sus cartas

 

sin amor se regaron por el suelo. Trató de alcanzar a Flora Miguel en el dormitor

 

io, pero

 

ella cerró la puerta y puso la aldaba. Tocó varias veces, y la lla

 

mó con una voz

 

demasiado apremiante para la hora, así que toda la familia acudió

 

 alaranada. Entre

 

consanguíneos y políticos, mayores y menores de edad, eran más

 

 de catorce. El último

 

que salió fue Nahir Miguel, el padre, con la barba colorada y la chilaba de beduino que

 

trajo de su tierra, y que siempre usó dentro de la casa. Yo lo vi muchas veces, y era

 

inmenso y parsimonioso, pero lo que más me impresionaba era el fulgor

 

 de su

 

autoridad.

 

-Flora -llamó en su lengua-. Abre la puerta.

 

Entró en el dormitorio de la hija, mientras la familia contemplaba absorta a Santiago

 

Nasar. Estaba arrodillado en la sala, recogiendo las cartas del suelo y poniéndolas en el

 

cofre. «Parecía una penitencia», me dijeron. Nahir Miguel salió

 

 del dormitorio al cabo de

 

unos minutos, hizo una señal con la mano y la familia entera desapare

 

ció.

 

Siguió hablando en árabe a Santiago Nasar. «Desde el primer momento comprendí

 

que no tenía la menor idea de lo que le estaba diciendo», me dijo. Entonces le preguntó

 

en concreto si sabía que los hermanos Vicario lo buscaban para matarlo. «Se puso

 

 

 

pálido, y perdió de tal modo el dominio, que no era posible creer que estaba fingiendo»,

 

me dijo. Coincidió en que su actitud no era tanto de miedo como de tu

 

rbación.

 

-Tú sabrás si ellos tienen razón, o no -le dijo-. Pero en todo caso, ahora no te

 

 quedan

 

sino dos caminos: o te escondes aquí, que es tu casa, o sales con mi

 

rifle.

 

-No entiendo un carajo -dijo Santiago Nasar.

 

Fue lo único que alcanzó a decir, y lo dijo en castellano. «Parecía un pajarito

 

mojado»,

 

me dijo Nahir Miguel. Tuvo que quitarle el cofre de las manos porque é

 

l no sabía dónde

 

dejarlo para abrir la puerta.

 

-Serán dos contra uno -le dijo.

 

Santiago Nasar se fue. La gente se había situado en la plaza como en

 

 los días de

 

desfiles. Todos lo vieron salir, y todos comprendieron que ya sabía que lo iban a matar,

 

y estaba tan azorado que no encontraba el camino de su casa. Dicen que alguien gritó

 

desde un balcón: «Por ahí no, turco, por el puerto viejo». Santiago Nasar buscó la voz.

 

Yamil Shaium le gritó que se metiera en su tienda, y entró a buscar su escopeta de caza,

 

pero no recordó dónde había escondido los cartuchos. De todos l

 

ados empezaron a

 

gritarle, y Santiago Nasar dio varias vueltas al revés y al derecho,

 

deslumbrado por

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

tantas voces a la vez. Era evidente que se dirigía a su casa por la puerta de la cocina,

 

pero de pronto debió darse cuenta de que estaba abierta la puerta pri

 

ncipal.

 

Ahí viene -dijo Pedro Vicario.

 

Ambos lo habían visto al mismo tiempo. Pablo Vicario se quitó el s

 

aco, lo puso en el

 

taburete, y desenvolvió el cuchillo en forma de alfanje. Antes de abandonar la tienda, sin

 

ponerse de acuerdo, ambos se santiguaron. Entonces Clotilde Armenta agar

 

ró a Pedro

 

Vicario por la camisa y le gritó a Santiago Nasar que corriera porque lo iban a m

 

atar.

 

Fue un grito tan apremiante que apagó a los otros. «Al principio s

 

e asustó -me dijo

 

Clotilde Armenta-, porque no sabía quién le estaba gritando, ni de dónde.» Pero cuando

 

la vio a ella vio también a Pedro Vicario, que la tiró por tierra con un empelló

 

n, y alcanzó

 

al hermano. Santiago Nasar estaba a menos de 50 metros de su casa, y corrió hacia la

 

puerta principal.

 

Cinco minutos antes, en la cocina, Victoria Guzmán le había contado a Plácida Linero

 

lo que ya todo el mundo sabía. Plácida Linero era una mujer de nervios firmes, así que

 

no dejó traslucir ningún signo de alarma. Le preguntó a Victori

 

a Guzmán si le había

 

dicho algo a su hijo, y ella le mintió a conciencia, pues contestó que todavía no sabía

 

nada cuando él bajó a tomar el café. En la sala, donde seguía tra

 

peando los pisos, Divina

 

Flor vio al mismo tiempo que Santiago Nasar entró por la puerta de la plaza y subió por

 

las escaleras de buque de los dormitorios. «Fue una visión nítida»

 

, me contó Divina Flor.

 

«Llevaba el vestido blanco, y algo en la mano que no pude ver bien, p

 

ero me pareció un

 

ramo de rosas.» De modo que cuando Plácida Linero le preguntó por él, Divina Flor la

 

tranquilizó.

 

-Subió al cuarto hace un minuto -le dijo.

 

Plácida Linero vio entonces el papel en el suelo, pero no pensó en recogerlo,

 

 y sólo se

 

enteró de lo que decía cuando alguien se lo mostró más tarde

 

 en la confusión de la

 

tragedia. A través de la puerta vio a los hermanos Vicario que venían corriendo hacia la

 

casa con los cuchillos desnudos. Desde el lugar en que ella se encontrab

 

a podía verlos a

 

ellos, pero no alcanzaba a ver a su hijo que corría desde otro áng

 

ulo hacia la puerta.

 

«Pensé que querían meterse para matarlo dentro de la casa», me dijo. Entonces corrió

 

hacia la puerta y la cerró de un golpe. Estaba pasando la tranca cuando oyó los gritos de

 

Santiago Nasar, y oyó los puñetazos de terror en la puerta, pero c

 

reyó que él estaba

 

arriba, insultando a los hermanos Vicario desde el balcón de su dormitorio. Subió a

 

ayudarlo.

 

Santiago Nasar necesitaba apenas unos segundos para entrar cuando se cerró la

 

puerta. Alcanzó a golpear varias veces con los puños, y en seguida se volvió para

 

enfrentarse a manos limpias con sus enemigos. «Me asusté cuando lo vi de frente —me

 

dijo Pablo Vicario-, porque me pareció como dos veces más grande d

 

e lo que era.»

 

Santiago Nasar levantó la mano para parar el primer golpe de Pedro Vicario, que lo atacó

 

por el flanco derecho con el cuchillo recto.

 

-¡Hijos de puta! -gritó.

 

El cuchillo le atravesó la palma de la mano derecha, y luego se le hundió hasta el

 

fondo en el costado. Todos oyeron su grito de dolor.

 

-¡Ay mi madre!

 

Pedro Vicario volvió a retirar el cuchillo con su pulso fiero de matarife, y le asestó un

 

segundo golpe casi en el mismo lugar. «Lo raro es que el cuchillo vol

 

vía a salir limpio

 

-declaró Pedro Vicario al instructor-. Le había dado por lo menos tres veces y

 

 no había

 

una gota de sangre.» Santiago Nasar se torció con los brazos cruzados sobre el vientre

 

después de la tercera cuchillada, soltó un quejido de becerro, y trató de darles la

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

espalda. Pablo Vicario, que estaba a su izquierda con el cuchillo curvo, le asestó

 

entonces la única cuchillada en el lomo, y un chorro de sangre a alta

 

 presión le empapó

 

la camisa. «Olía como él», me dijo. Tres veces herido de mue

 

rte, Santiago Nasar les dio

 

otra vez el frente, y se apoyó de espaldas contra la puerta de su madre, s

 

in la menor

 

resistencia, como si sólo quisiera ayudar a que acabaran de matarlo por partes igu

 

ales.

 

«No volvió a gritar –dijo Pedro Vicario al instructor-. Al contrario: me pareció que se

 

estaba riendo.» Entonces ambos siguieron acuchillándolo contra la puerta,

 

 con golpes

 

alternos y fáciles, flotando en el remanso deslumbrante que encontraron del otro lado

 

del miedo. No oyeron los gritos del pueblo entero espantado de su propio crimen. «

 

Me

 

sentía como cuando uno va corriendo en un caballo», declaró Pablo Vicario. Per

 

o ambos

 

despertaron de pronto a la realidad, porque estaban exhaustos, y sin embargo les

 

parecía que Santiago Nasar no se iba a derrumbar nunca. «¡Mierd

 

a, primo -me dijo

 

Pablo Vicario-, no te imaginas lo difícil que es matar a un hombre!» Tratando de acabar

 

para siempre, Pedro Vicario le buscó el corazón, pero se lo buscó

 

 casi en la axila, donde

 

lo tienen los cerdos. En realidad Santiago Nasar no caía porque ellos

 

 mismos lo estaban

 

sosteniendo a cuchilladas contra la puerta. Desesperado, Pablo Vicario le dio un tajo

 

horizontal en el vientre, y los intestinos completos afloraron con una explosión. Pedro

 

Vicario iba a hacer lo mismo, pero el pulso se le torció de horror, y le dio un tajo

 

extraviado en el muslo. Santiago Nasar permaneció todavía un instante apoyado co

 

ntra

 

la puerta, hasta que vio sus propias vísceras al sol, limpias y azule

 

s, y cayó de rodillas.

 

Después de buscarlo a gritos por los dormitorios, oyendo sin saber dónde otros gritos

 

que no eran los suyos, Plácida Linero se asomó a la ventana de la plaza y vio a los

 

gemelos Vicario que corrían hacia la iglesia. Iban perseguidos de cer

 

ca por Yamil

 

Shaium, con su escopeta de matar tigres, y por otros árabes desarmados y Plácida

 

Linero pensó que había pasado el peligro. Luego salió al balcón del dormitorio,

 

y vio a

 

Santiago Nasar frente a la puerta, bocabajo en el polvo, tratando de levantarse de su

 

propia sangre. Se incorporó de medio lado, y se echó a andar en un

 

 estado de

 

alucinación, sosteniendo con las manos las vísceras colgantes.

 

Caminó más de cien metros para darle la vuelta completa a la casa

 

y entrar por la

 

puerta de la cocina. Tuvo todavía bastante lucidez para no ir por la calle,

 

que era el

 

trayecto más largo, sino que entró por la casa contigua. Poncho Lanao, su esposa y sus

 

cinco hijos no se habían enterado de lo que acababa de ocurrir a 20 pasos de su puerta.

 

«Oímos la gritería -me dijo la esposa-, pero pensamos que era la fiesta del obispo.»

 

Empezaban a desayunar cuando vieron entrar a Santiago Nasar empapado de

 

sangre

 

llevando en las manos el racimo de sus entrañas. Poncho Lanao me dijo: «Lo que nunca

 

pude olvidar fue el terrible olor a mierda». Pero Argénida Lanao, la hija mayor, contó

 

 

 

que Santiago Nasar caminaba con la prestancia de siempre, midiendo bien los

 

pasos, y

 

que su rostro de sarraceno con los rizos alborotados estaba más bello que nunca. Al

 

 

 

pasar frente a la mesa les sonrió, y siguió a través de los dormitorios hasta la

 

salida

 

posterior de la casa. «Nos quedamos paralizados de susto», me dijo

 

 Argénida Lanao. Mi

 

tía Wenefrida Márquez estaba desescamando un sábalo en el patio de su casa al otro

 

lado del río, y lo vio descender las escalinatas del muelle antiguo buscando con paso

 

firme el rumbo de su casa.

 

-¡Santiago, hijo –le gritó-, qué te pasa!

 

Santiago Nasar la reconoció.

 

-Que me mataron, niña Wene -dijo.

 

Tropezó en el último escalón, pero se incorporó de inmediato

 

. «Hasta tuvo el cuidado

 

de sacudir con la mano la tierra que le quedó en las tripas», me dijo

 

 mi tía Wene.

 

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Crónica de una muerte anunciada

 

Gabriel García Márquez

 

Después entró en su casa por la puerta trasera, que estaba abierta

 

 desde las seis, y se

 

derrumbó de bruces en la cocina.

 

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